Comenzó con una depresión el
2009. Tenía 76 años. Ella era quien paraba la olla familiar con sus
costuras, obras maravillosas salidas de
sus manos grandes de alemana y de una delicada elegancia que escondía en alguna
parte, tras sus delantales caseros de mujer sencilla.
Yo viajaba cada tanto desde
Santiago a regalonear. Recuerdo que esa vuelta fue en Septiembre. Enmudecí al
verla en el vano de la puerta. La mujer grande, vasta, de regazo capaz de
albergar a todos los nietos a la vez, se estaba consumiendo de prisa. Sus
hombros dejaban entrever los huesos sin carne y sus ojos habían perdido la luz
que tan bien nos hacía desde chicos. Su estatura parecía haberse reducido en al
menos diez centímetros.
En ese tiempo yo había
recibido la maestría de Reiki y, desesperada por ayudar, le pregunté si quería
vivir o no. Ella se tomó su tiempo antes de responder y en esos dos minutos de
espera, sentí que todo estaba mal. Finalmente, casi en un susurro, como decía ella
las cosas importantes, dijo "Sí".
La senté en una silla en mi
antiguo dormitorio, con vista a un cerro con árboles y verdes, el Cerro Calvario
en Puerto Varas. Le hice una corta sesión de veinte minutos para comenzar.
Dándole las últimas pinceladas de energía, me di cuenta de que ella no estaba
allí. Con los ojos cerrados y una sonrisa apenas dibujada en su pequeña carita,
estaba la Frida en una dimensión en que yo no podía alcanzarla. Esperé por diez
minutos, con temor a tocarla, a despertarla de ese viaje. Cuando volvió, la luz estaba otra vez en sus
ojos y suavemente dijo: "Oooohh… qué libertad más grandeee…" La abracé con
todo el amor que acumulé hasta ese momento de mi vida y nos fuimos a almorzar.
En mi siguiente viaje ,
constaté cómo su cuerpecito iba adelgazando al compás de su falta de apetito.
Un par de años antes, se quejaba de que ya no sentía olores ni sabores. Lo
recordé ahora que ya nada le apetecía. Se sentaba en la mesa con la mirada
perdida y olvidaba llevarse la cuchara a la boca. Ya no terminaba el plato por
pequeña que fuera la porción. Decidí entonces dejar mi vida en Santiago y
volver a vivir a Puerto Varas después de quince años, para acompañarla hasta su
último suspiro.
En los dos años siguientes,
deambulé por las casas de mis hijas y volví a las aulas, aunque me había prometido
a mí misma que nunca lo haría. Pero necesitaba el sustento y a mis años no era
fácil encontrar trabajo en otra área que no fuera la Educación, mi profesión.
Esto me permitía visitarla a diario y acompañarla en sus labores.
Un día llegué después de mi
jornada y la encontré sentada ante la mesa del comedor con las manos en la
cabeza y en actitud de desespero. Diez metros de visillo para cortinas yacían
arrebolados formando un blanco y confuso monte sobre la mesa. Me miró al entrar
como si fuera un ángel caído del cielo, y me dijo con lágrimas en los ojos: "Es
que mido y mido y se me olvida todo."
De los pequeños olvidos
cotidianos, que a todos nos aquejan, la enfermedad estaba comenzando a causarle
problemas para trabajar. Una lucha diaria en la que mi mamita mostraba su
resistencia, su resiliencia, ante esta enfermedad devastadora.
Le pedimos, mi hermano (que
entonces había llegado a vivir con mis padres) y yo, que no recibiera más costuras,
pero esto también lo olvidaba. Tanto por la enfermedad, como por la delicadeza
con sus clientas, no resistía un ruego. Señora
Frida… usted es la única que me hace la ropa como a mí me gusta. También
ella las adoraba. Más que la señora que cose, a veces era el paño de lágrimas,
la sicóloga de la vida que les hacía ver la luz al final del túnel, la mamá
ausente.
El último trabajo que recibió
fue de un centro de eventos: treinta manteles y ciento veinte servilletas. Yo
corría del trabajo a su casa para cortar, coser y planchar este pedido de
pesadilla. Ella con suerte pudo planchar un par de servilletas. Me faltaron
sesenta servilletas por terminar, las que en algún momento el dueño del centro
de eventos, don Héctor*, pasaría a retirar. Este compromiso incumplido se instaló
en su mente como un fantasma que la persiguió por cuatro años. Pasaba con la
bolsa de servilletas de su taller al comedor, las contaba y las volvía a
guardar. Cada vez las dejaba en distinto lugar y cuando por fin hubo que
entregarlas, tres años más tarde, revolví la casa entera buscando la bolsita en
la que sólo habían veintisiete servilletas.
Ya postrada y en el lejano
mundo de su niñez, volvía como en sueños, a veces sobresaltada y queriendo
levantarse para entregar las servilletas, o con angustia me daba instrucciones
para entregarlas a don Héctor.
*El nombre es ficticio para este relato.
*El nombre es ficticio para este relato.

