domingo, 16 de diciembre de 2018

XI . Postrada.


El segundo semestre del 2015, nos encontró con la rutina ya instalada. Pero como la vida es dinámica y la enfermedad progresaba, nuevos sobresaltos vinieron a inquietarnos y dimos postgrado de adaptación: ella, mi hermano y yo. Mis dos hijos varones seguían la historia de cerca y me ayudaban a soltar las tensiones y aligerar la carga a fuerza de amor y compañía.

Mi salud había comenzado a sufrir la falta de descanso reparador. Como mis noches eran interrumpidas por la preocupación por mi mamá, o por sus conversaciones a media lengua, gritos exaltados y órdenes diversas, no lograba conciliar el sueño y comencé  a criar un insomnio persistente. Ante esto, los hombres de la casa buscaron solución y sugirieron que compartiera dormitorio con mi hijo menor, mientras mi hijo grande dormiría en la habitación de Frida, para acompañar sus noches y para que yo tuviera tiempo de recuperar el sueño y los nervios.

Comenzó así un tiempo de tranquila rutina, con olor a primavera y esperanza, lo que me permitió hacer un cierre de año escolar con una pequeña celebración con alumnos y apoderados, con muestras de los trabajos de mis chicos y de sus aptitudes para las artes gráficas, musicales y dramáticas, amén de una sufrida plantación de semillitas de finas hierbas que llevamos también al local del acto de fin de año. No preví que en esos siete meses de siembra, habría más interesados en participar del proyecto de escuela en casa, y la matrícula para el año siguiente se había doblado. Fue una sorpresa que me dio la fuerza interna necesaria para aguantar cualquier carga. Podía continuar con mi vida y mis proyectos y además producir lo suficiente para subsistir cómodamente.


Hacia fin de año también, comencé a notar que Frida perdía fuerza en el lado derecho de su cuerpo. El paseo vespertino hacia el baño me exigía más fuerza que lo acostumbrado y su cuerpo se cimbraba como una ramita, mientras su respiración se agitaba. Al tercer día,  ya no la pude contener y terminamos casi en el piso, mientras gritaba por ayuda para poder incorporarla. Las fuerzas nos abandonaron a las dos. Por si fuera poco, después de asearla y vestirla para pasar el día sentada en su cama, la encontré en dos ocasiones totalmente echada sobre su flanco derecho. Al intentar sentarla derecha, se desesperaba dando signos inequívocos de que estar erguida le producía vértigos. Es así como decidí que a partir de entonces no podría levantarla más. Eso redujo el problema y, en tanto que las primeras semanas mantenía la tendencia de buscar la posición que le daba seguridad inclinándose a la diestra, luego desapareció el síntoma, pero ya mi Fridita había comenzado la fase de postración. Sus músculos fláccidos ya no tenían la fuerza para sostenerla y, en tanto mantenía el apetito, era evidente una nueva y severa baja en su peso corporal. Sin embargo, al no contener su cuerpecito, era una tarea titánica moverla para asearla, mudarla de ropa y de pañal. Nuevos métodos para bañarla sin sacarla de la cama, lavarle el pelo, desplegaban el uso de distintos artefactos y artilugios para cumplir con la tarea de la forma más óptima y como a ella le hubiese gustado si pudiese opinar. 

Esta gran guagua adulta exigía fuerza e ingenio para ser movilizada en los más mínimos cambios posturales para su confort, más cuando se resistía por el frío a ser destapada. Reaccionaba con un: "¡Qué me van a hacer ahora!" (inteligible sólo para los iniciados en su dialecto) y haciendo la fuerza contraria, se defendía de las atencionesComenzaron las visitas domiciliarias del médico y equipo del consultorio y hubo que procurarle el bienestar en esta nueva condición, que asumo se debió a un nuevo microinfarto cerebral. Para que no tuviera roce ni escaras, le pusimos cojines de apoyo bajo los talones, bajo y entre las rodillas  y reforcé las almohadas para que contuvieran su torso en una posición cómoda y que pudiéramos evitar la aparición de las temidas ulceraciones o escaras.

Seguía estirando los brazos para alcanzar los hilos imaginarios que completarían un trabajo diario imaginario. Seguía llamando a las chicas de su infancia y se sumó un nuevo interlocutor a su grupo de amigos fantasmas. Éste habitaba en lo alto, a los pies de su cama y hacía un ademán despectivo al escucharlo y le respondía también con una divertida forma de desdén. Se dormía tarde, despertaba tarde y dormitaba después de almuerzo. Comió siempre todo lo que le ofrecíamos, con un apetito constante y bueno, mejor que el de los años que precedieron a la enfermedad. Siempre agradecida, coronaba con un profundo "gracias" mientras entrecerraba los ojos en señal de agrado después de cada comida.

El baño era otro tema: tuve que usar un ejército de fuentes, bolsas para proteger las almohadas y el colchón y vasijas con agua tibia, para lavarla de pies a cabeza sin sacarla de su cama. Nunca se quejó, ni la última vez, de estas molestias higiénicas. Le cortaba el pelo, las uñas, le sacaba los vellos del macilento mentoncito, a lo que se había reducido la carita de modelo europea que la distinguía. Antes de vestirla, la masajeaba con crema hipo-alergénica de pies a cabeza, algo que sin duda disfrutaba, y se entregaba a ese momento con los ojos cerrados y una beatífica sonrisa revoloteando en su pequeño rostro de tez lozana, de donde las arrugas desaparecieron al no poder habitar un semblante que nunca más expresaría las triviales preocupaciones de la vida. Siempre agradecida, coronaba con el profundo gracias cada atención que recibía.