lunes, 13 de abril de 2020

Una visita al campo. (Cuento Nº4)




Cuando llegamos a la casa de mi abuelo, nos recibieron los tres perros en la cerca de madera. Ladraban como si fuéramos ladrones y me asusté un poco cuando mi hermano se bajó a abrir el portón para que entre el auto de mi papá. Mi mamá se rió de mí y me dijo que esa es la forma de saludar de los guardianes. Y le creí, porque cuando mi hermano entró al jardín, los perros le saltaron encima lamiéndole las manos y  jugando con él, pero casi lo botan de tanta alegría.

El abuelo llamó a mi mamá porque mi abuelita está enferma y la vinimos a ver, a ver si mejora con la visita. Me encanta ir al campo, porque comemos cosas que no conozco y siempre hay tarros de galletas que hace mi abuelita… ¡y siempre están llenos!

Hay una pared en la sala de estar que está llena de fotografías antiguas de mis abuelos cuando eran jóvenes y de mi mamá y sus hermanos cuando tenían mi edad. No me imagino a mi mami corriendo por la pampa o subiendo a los árboles para sacar manzanas, cerezas, ciruelas justo del árbol, no como en casa, que las compramos en la frutería. Ahora que estoy más grande, mi hermano me dijo que me va a ayudar a subir al cerezo más chico.

También vamos a ir al gallinero, donde las gallinas se mueven y suenan todo el rato con su cococó. No huele muy bien, pero me gusta mirar sus patitas nerviosas que dan pasos cortitos y no se quedan quietas hasta la tarde, cuando mi abuelo va a guardarlas y las encierra en el gallinero. Entonces ellas se ordenan en unos palos atravesados y ahí sí se tranquilizan y duermen. No sé cómo no se caen.

Con mi hermano vamos a un arroyo que queda bajando un cerro. Ahí tiramos piedrecitas o ponemos hojas sobre el agua, que se van flotando felices hasta que ya no las vemos. Hoy pudimos hacerlo porque no llovía.

Cuando volvimos a la casa, estábamos muertos de hambre y parece que la visita resultó, porque mi abuelita se había levantado de la cama y estaban todos esperándonos en la mesa, listos para tomar una rica once de campo.