jueves, 9 de abril de 2020

La Playa. ( Cuento Nº3)



Desperté temprano y feliz. Hoy iremos de paseo a la playa. Anoche dejé mi traje de baño listo, mi pelota y mi ropa para que no me reten si me atraso, porque tenemos que tomar un bus temprano para ir.

Mi papá se está poniendo bloqueador solar en la cara y en los brazos, porque el sol no le hace muy bien, se le llena la piel de ronchitas. A mí no me pasa nada, porque en vacaciones juego todo el día afuera, hasta que me llaman a comer.

Mi mamá está guardando muchas cosas ricas en un canasto y en un bolsito, y jugo y agüita para cuando nos dé sed. El papá lleva un bolso con toallas y ropa para abrigarnos en la tarde. Mi hermana chica camina por la casa mirando todo abrazada a su conejo de peluche. Le explico que no puede llevarlo porque se le va a mojar o se le va a llenar de arena. Pero ella no entiende mucho, solo lo abraza con más fuerza y seguro que ni mi mamá se lo podría quitar.

Nos subimos al bus muy acalorados, pero contentos. Nos sentamos en los asientos azules y mi papá me dio el asiento de la ventana, para que pueda ver el paisaje. Y nos fuimos. Casi no podía quedarme sentado, ya me imaginaba jugando en el agua y haciendo castillos de arena, o cabeceando la pelota con mi papi. Pero de tan feliz, me dormí, y me tuvieron que despertar cuando llegamos.

No podía abrir más los ojos para mirar el inmenso mar con sus olas suaves y su arena que no lo deja pasar mas acá. Me saqué las zapatillas y metí los pies en la arena blanquita, pero di un grito porque estaba muy caliente. Mis papás se rieron y mientras mi papá me cargó, mi mamá buscó una toalla en el bolso para que me pisara encima. Mi hermanita, mientras tanto, había dejado su conejo en el suelo y sentada en su mochila se sacaba los zapatitos para ir al agua.

Hice todo lo que había planeado, comimos todo lo que la mamá llevó, y el conejo de mi hermanita llegó mojado y lleno de arena, como yo había advertido. Ya entenderá cuando sea más grande.


lunes, 6 de abril de 2020

Sonreír. Cuento Nº 2



Hoy me levanté temprano, aunque estamos de vacaciones. Me dolía un diente y mi mamá me revisó y tengo un puntito oscuro, me dijo que era una caries. Sí, se dice con s, aunque sea una sola. Mientras me lavaba los dientes, me miré al espejo y sonreí, y ahí estaba el puntito. Como una manzana picada, de la que a veces sale un gusanito. Me imaginé uno diminuto comiéndose mi diente y haciendo una mancha cada vez más grande. Ahí sí que no podría sonreír, porque cada vez que lo haga, los demás van a saber que no me cuidé los dientes.

Yo creo que lo más lindo de las personas es cuando sonríen. La Nora, que le ayuda a mi mamá en la casa, siempre se despide con una sonrisa, pero sus ojos se ven tristes y cansados después de trabajar todo el día. Aunque tiene la energía para dejarme su última sonrisa de la tarde, la que la hace más bonita y más joven.

Mi abuelito tiene una sonrisa sin dientes. Él usa un aparato con dientes de mentira, pero se la pone sólo para comer porque dice que le molestan. Si le hablo, siempre, siempre me contesta primero con una sonrisa. Y entonces sus ojitos, pequeños y apagaditos por los años, brillan.

Mi papá está siempre ocupado, o preocupado. Entra y sale siempre apurado de la casa, serio y distraído. Pero si mi mamá le habla, él detiene todo y la mira y le sonríe con unos dientes parejitos, arruguitas en los ojos y como una alegría suavecita le sube del corazón. Yo lo sé, porque se hablan despacito, él se calma y la sonrisa se queda en su cara hasta que vuelve a salir. Yo creo que eso es amor.

La señora del negocio del pan, adonde voy con la Nora en las tardes, tiene una sonrisa chillona y completa. Sus dientes no son muy bonitos, pero de solo verla, uno se alegra. En esa cara grande, coloradita y brillante, su sonrisa es una luz, un sol de verano, que no deja nada sin tocar.

Voy a ir al dentista y me voy a portar muy bien, porque quiero cuidar mis dientes y que me duren muuuchos años y así poder devolver todas las sonrisas que reciba hasta que sea viejita.





¿Ya leíste? ¿Puedes contestar unas preguntas? 
También puedes conversar con tu familia.

- ¿Te gusta ir al dentista? Si es sí o es no, cuéntanos por qué.
   Si no has ido nunca, ¿qué crees que va a pasar?

- Piensa en las personas que conoces. Quién tendrá la sonrisa más linda?... más divertida?... más rara? ... más seria?...

- Sonríe frente un espejo y mira bien cómo se ve tu sonrisa. Luego, dibújate sonriendo, o inventa una canción para tu sonrisa.







domingo, 5 de abril de 2020

Cuando había mariposas. (Cuento Nº1)



Hoy estaba siendo un día triste y aburrido. Cuando llegué del colegio, mi mamá me dijo que me saque el uniforme, que me cambie de ropa y que me ponga el delantal. Mi delantal es blanco y tiene vuelos en los hombros y siempre está duro porque lo lavan con almidón. Cuando ya me vestí, ella me sirvió la leche y un pan con mermelada y mantequilla de campo.

Mientras masticaba, pensaba en lo sola que estaba. No tengo con quién jugar y me aburro con las muñecas, los libros, los rompecabezas y hoy no tenía tarea. Mirando hacia afuera, vi que en el jardín comenzaban a florecer las plantitas que sembró mi mamá y se veían ya los colores de cada una. Cuando terminé de comer, decidí salir al jardín a contar cuántas flores había.

De pronto, escuché un aleteo suave y rápido que pasó detrás de mí. Me di la vuelta y era una mariposa… sus alas negras pintadas con muchos colores me hicieron saltar el corazón y quise atraparla. Ella volaba sobre las flores y yo detrás, tratando de no asustarla para poder agarrarla con suavidad, pero ella no estaba de acuerdo. De pronto, voló sobre la reja del jardín que da a la calle, y yo entusiasmada por alcanzarla, la seguí.

La mariposita se posaba en un pastito, en una ramita y avanzaba despacio de cosa en cosa, sin quedarse quieta en ninguna parte.

Tuve que cruzar dos calles para seguirla. Los vuelos de mi delantal se movían casi como sus alitas en mi apuro por no perderla, y entonces me di cuenta de lo lejos que estaba de mi casa. Y que el sol ya se estaba escondiendo. Y ahí fue cuando lo vi: cerca de un basurero, en una esquina, había un rollito de piel con ojitos brillantes que me miraba.

Era un perrito tan chiquito, que casi no lo distinguí por la sombra del tacho de basura. Me acerqué más despacito que si fuera una mariposa y le hice cariño hasta que sacó la lengüita y me lamió. Con cuidadito lo tomé y él se acomodó tranquilo en mis brazos y comencé a volver a mi casa. Mi corazón no podía más de alegría. Se me olvidó hasta la mariposa y mi mamá… ¿qué iba a decir si yo llevaba un perrito a la casa?


No me importaba nada, porque ya tenía un compañero. Sé que mi mamá va a entender, porque a ella también le gustan las mascotas.