domingo, 18 de noviembre de 2018

VII . La de Antes.


A fines de enero del 2015, mi madre estaba bastante recuperada de la cirugía de cadera. Durante la hospitalización había comenzado a ocupar pañales desechables, a los que se habituó lentamente. Después de darle el desayuno en la cama, la levantaba, le hacía el aseo completo y la vestía. Entonces la movía al sofá que flanqueaba su cama, y allí pasaba la mañana doblando trapitos, jugando con una muñeca, hablando despacito y conversando con alguien que le contestaba en su mente. Largas conversaciones que la entretenían y, que si yo osaba interrumpir, me frenaba con un: Sshhh... déjame escuchar... y estiraba el cuello mirando a un punto indeterminado arriba y frente a ella.

La colación de media mañana era una fruta, generalmente una manzana que roía con rapidez y deleite. Antes de almorzar la llevaba al baño para mudarla y luego nos sentábamos a la mesa. En días buenos, aún coordinaba sus movimientos para llevarse la comida a la boca y mascaba con lentitud, pero lograba terminar el plato. Después del té de hierbas de la sobremesa, volvíamos a su camita para la siesta, y luego la levantaba en su silla de ruedas para llevarla al comedor, en donde pasábamos la tarde viendo alguna telenovela nacional, mientras yo tejía y ella conversaba con la protagonista y seguía las peripecias de la soap opera con un aire  entretenido o ausente, dependiendo de su estado de ánimo. Solía ocuparse sacándose la chomba y envolviéndose en el chal que le ponía en las piernecitas para que no sienta frío, o con la toallita de manos que dejaba a su alcance para distraerla. Siempre fue una gran aficionada a los crucigramas, entonces seguíamos comprando el diario y le pasaba un lápiz, y ella – concentrada – llenaba las casillas con huevitos temblorosos e iguales, rellenando pulcramente hasta donde le daba la paciencia o el ánimo.  

A la hora de once necesitaba más ayuda, el cansancio de la actividad del día se le notaba. Entonces la llevaba al baño, en donde se empezó a notar más la falta de motilidad intestinal. Después del lavado de dientes le ponía el piyama y  la acostaba. Se comía la última fruta o un yogurt, tomaba los medicamentos para dormir, le hacía masajes en las piernas y pies. Siguiendo su rutina de años, le ponía su crema de bebés en la carita, lo que ella reconocía con un sentidogracias, y así terminaba su día.

A principios de febrero de ese año, recibimos la visita de una prima-hermana, más hermana que prima, y su marido. Con la sensibilidad y cariño que le tenían, me ayudaron a acompañarla y atenderla.

Un día en que amaneció más decaída, no la levanté. Hice todas las rutinas en la cama, estaba aletargada, más de lo normal, y Germán*, que había tenido experiencia en el cuidado de adultos mayores en Suecia, la revisó y me comentó que mostraba signos de deshidratación. Para mí, era un escenario nuevo. Al acercarme a cambiarle el pañal, me di cuenta de que su temperatura en la guatita, algo que había aprendido a percibir con mis hijos cuando eran pequeños, estaba más alta que lo normal, por lo que decidimos llevarla a Urgencia.

Al referir nuestras observaciones y el hecho de que estaba con un estreñimiento importante, que ni el lavado intestinal lograban movilizar, comenzaron los estudios y exámenes. La hospitalizaron, y – al igual que en enero - debimos turnarnos mi hermano y yo, para acompañarla y cuidarla de día y de noche. Al día siguiente, tuvimos la ecografía para refrendar los rayos X, que indicaban que la Frida tenía una obstrucción en el colédoco (el conducto que lleva la bilis desde el hígado hasta el intestino delgado para favorecer la digestión y absorción de grasas). Esto podía estar generando la impactación fecal que la mantenía estreñida constantemente, además de la falta de ejercicio por su condición, y su deterioro cognitivo que había avanzado aún más rápido desde la última hospitalización.

Ese mismo día le aplicaron un lavado intestinal en dos ocasiones, hasta que por fin se limpió el intestino de la Fridita, para estar lista para una cirugía a la mañana siguiente.

Le practicaron una coledocotomía laparoscópica, en la que liberaron la obstrucción y encontraron que la vesícula contenía un gran cálculo biliar que no se arriesgaron a remover, indicándonos que podría ser una bomba de tiempo o que podría continuar sin problemas por años.

Como el procedimiento fue menor que lo que habría sido una cirugía abierta, mi mami se recuperó sin problemas, regresando a la casa sin complicaciones al tercer día.

Sin complicaciones es un decir... La Frida, que en dos meses había tenido dos hospitalizaciones, se había sumido en una nebulosa que la alejaba cada vez más de nuestra realidad, llevándola a su propio mundo que a veces tenía dolorosos fantasmas y, otras, exquisitos recuerdos de infancia. Pero había algo que, noté, le hacía muy bien: cuando la arreglaba para salir reconocía, por alguna misteriosa causa, que salía hermosa y perfumada, vestida con mis ropas, con un poco de maquillaje, con sus sombreros lindos y, sonriendo a medias, hacía ademanes con las manos sobre sus canas nobles con recatada coquetería que conmovía hasta la pepa de mi alma... allí, en alguna parte, todavía estaba mi mamita, mi Frida, la de antes.



* El nombre es ficticio para efectos de este relato.

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