Hace cuarenta años, cuando Frida aún cosía de día y de noche
y no se rendía ante nada, escribí una canción autobiográfica. Recogiendo
impresiones de lo que había sido mi vida hasta entonces, alusiones a lo
cotidiano del hogar, a mi padre, mis hermanos, mis compañeros de la
adolescencia, de juegos y de descubrimientos (“Los muchachos en la esquina, esperando
oscuridad, y los juegos de intenciones sospechosas...”*), me
surgió como una revelación la incansable jornada de mi madre procurando nuestro
sustento y la plasmé en un verso que decía: “Y las máquinas rezando el padrenuestro”*.
Cuando ya tenía a todos mis hijos y debí volver una vez más
a vivir a casa de mis padres, me gustaba acompañar a mi mami
mientras cortaba y cosía en las noches, cuando ya todos dormían, con una
costumbre que tenía desde adolescente: tomaba la guitarra y cantaba mi
repertorio plagado de canciones de amor y esperanza. Muchas veces incluí esa
canción en mis serenatas nocturnas. Yayi, mi hija mayor, suele hacer referencia
a esos años cuando escucha un tema de ésos, llamándolos“mis
canciones de cuna”, porque
era lo que escuchó desde siempre en su camita antes de dormir.
El último año activo de mi madre, retomé esta costumbre y
una noche, al cantar esa canción, de pronto Frida que estaba de pie y encorvada
ante una tela, tizando y cortando, con los lentes a medio camino sobre la
nariz, se irguió con sorpresa y lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
Cuando terminé de cantar, me dijo emocionada: “ Tantos
años escuchando esa canción, y ahora me doy cuenta que esas máquinas... soy
yo...” y avanzando solemnemente, rodeó la mesa y me
alcanzó en un abrazo profundo de amor. Lloramos juntas.
En Mayo del 2015 falleció mi padre de un repentino infarto,
por la mañana. Recibí el llamado de mi hermano cinco minutos antes de que diera
su último suspiro.
En esa época, tenía la ayuda de una persona que me impulsó a
seguir mi vida y retomar alguna actividad que me gustara y que me produjera
ingresos para un buen pasar. La llamé en esa mañana de sábado para que se quede
con mi madre y así poder acompañar a mi padre en los últimos trajines y
preparar los ritos junto a Renán. Mucha gente llegó a saludarnos y a
despedirlo. La tarde antes del funeral, llevamos a mi madre en su silla de
ruedas. La gente, amigos, familia que llegó de cerca y de lejos, y que llegaba
compungida a despedir a Plácido, quedaba más impactada al ver a mi madre, la
Frida siempre fuerte, con la mirada inocente de quien no sabe dónde está, y
lloraban junto a ella, preguntándole una y otra vez: “¿Te
acuerdas de mí?, ¿Quién soy yo?”, sólo para comprobar que los
recuerdos de mi madre ya no estaban.
En un momento en que me acerqué al grupo, le preguntaron: “¿Y
quién es ella?”. La Frida me miró de arriba abajo y contesto
suavemente: “Con
fian zaa...”.
* Los versos citados, aunque no están registrados,
son de mi propiedad y solo tienen valor, sentimental, para mi familia. J
A mi bella... con cariño.
ResponderEliminar