viernes, 14 de febrero de 2020

IX . Responsabilidad y Culpa.


Mi mamá siempre tuvo una capacidad de recuperación física y de cicatrización excepcionales. Luego de las operaciones del año 2015, esto fue fundamental, ya que rápidamente y sin problemas superó los postoperatorios, volviendo a sus rutinas. Distinto es hablar de la evolución de su condición mental, la que en cada episodio quedaba más alterada. Había quedado ya con una incipiente inclinación hacia el lado derecho en su postura, lo que afectaba directamente en su equilibrio cuando la incorporaba para ayudarla a caminar dentro de la casa.

Otro problema era que pudiera descansar por las noches. Con cada hospitalización era necesario adecuar las dosis de medicamentos para dormir. Pasaba las noches en vela, hablaba o profería grititos, mantenía largos monólogos, que la dejaban irritable y reactiva a cualquier ruido o estímulo el día siguiente. Se asustaba de todo y vivía en un estado de temor que me preocupaba siempre. Fue necesario entonces subir la medicación para que ambas pudiéramos descansar adecuadamente, ya que yo también  necesitaba estar bien para atenderla.

Una tarde de sol perdido en el otoño, estábamos solas en casa después de su siesta. La mudé y la llevé despacito de su cama al sillón para preparar la once. La tomaba firmemente de los antebrazos y ella avanzaba lento pero seguro, mostrando signos de cansancio antes de sentarse. Como estaba en un día de especial serenidad, la senté sin contención en el sillón  de manera que podía verla desde la cocina. Junto al sillón estaba plegada su silla de ruedas. Alcancé a poner el hervidor cuando miré y no estaba en el lugar en que la dejé y, dando un largo paso, me asomé para ver que caía a medio metro cerca de la estufa a combustión lenta. En un grito corrí sobre ella y vi que su frente sobre la ceja derecha había golpeado en la esquina de la cerámica sobre la que se apoyaba la estufa, y un hilo delgado y constante de sangre corría hacia su mejilla. Tenía los ojos nublados y en la semiinconsciencia en la que quedó, se quejaba suavemente, jadeando por la boca abierta. La vi palidecer en un segundo e imaginé el dolor que podía estar sintiendo además en la convaleciente cadera. Con mi chaleco delgado presioné su frente para detener la sangre, mientras mi corazón desbocado empujaba las lágrimas que saltaban de mis ojos, porque sentí que la perdía y que era mi culpa por mi falta de cuidado.

Debieron pasar unos diez minutos en este trance y no me atrevía a soltarla, ya que sentía que mi letanía desesperada llamándola a la vida no podía detenerse. Entonces llegó el Gringo, mi hijo grande, que había salido de compras en el auto. Entre mis pedidos de ayuda y la escena que vio al entrar a la casa, se afanó en levantarnos y llevamos a mi mamita al auto para partir desesperados a Urgencias. No podía dejar de recriminarme el descuido.

La atendieron de inmediato y le hicieron radiografías en la cabeza y cadera. No había fractura y su cadera estaba bien. Le pusieron un punto en la ceja y nos fuimos a la casa. Al recuperarse, el párpado ya no pudo volver a abrirse en forma normal. En el futuro, la veríamos con un ojo más cerrado que el otro cuando estaba relajada. 

Desde entonces, sentí que yo era la única responsable por lo que a ella le pasara.

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