domingo, 9 de diciembre de 2018

X . Cambio de casa.


Al fallecer mi padre, planeamos – mi hermano y yo – que volveríamos a reunirnos para vivir todos juntos en la casa familiar. En compañía, las cosas serían más fáciles en todo sentido, para todos. 

En ese tiempo y para pagar mis gastos, había arrendado una casita y comencé con un proyecto que ayudara a chicos que habían salido del sistema escolar, a que pudieran rendir exámenes libres y tener continuidad en sus estudios. Eran seis, de distintas edades, que se acomodaban con buena voluntad al espacio del que yo disponía, lo que además me permitía trabajar sin salir de casa, para estar pendiente de mi mamá. A este tiempo luminoso, sumaba además a mi hijo conchito, a quién el año anterior había retirado del colegio, lo que me abrió la puerta para crear este espacio de aprendizaje casero y humanizante, y ofrecerlo a otros. Tuve la suerte de contar también con la ayuda de Anita* que, más que empleada, se había transformado en una amiga y, en reciprocidad, compartíamos con cariño y confianza nuestras penas y alegrías.

Así es que, luego de acondicionar la casa (ordenar lo que se podía, arreglar lo que necesitaba de una manito de gato, desechar lo que no servía y hacer una revisión bastante completa de lo que se había guardado por décadas en cajas, cajones, repisas y roperos, restos de un naufragio que pertenecían a todo aquel que pasó por esa casa en cincuenta años), llegamos en julio a comenzar una nueva vida en San Ignacio.

Los primeros días, intentamos mantener la rutina de mi mamá, levantándola y llevándola al primer piso para pasar el día. Fue increíble que, aunque su memoria contextual se había perdido en los laberintos del Alzheimer, la memoria motriz funcionó a la hora de subir y bajar la escalera que un millón de veces recorrió desde que llegó a vivir a esa casa. Sus piernecitas seguían el movimiento correcto y mas rápido que lo razonable en su condición permitía, al ir hacia abajo o hacia arriba. Sin embargo, tuvimos que suspender estar incursiones, ya que se cansaba en extremo y por la cadera operada percibíamos que no era conveniente que se sometiera a ese esfuerzo cada día.  Y siempre era más fácil bajar que subir.

Además, y hablando de memoria motriz, cuando la Frida estaba recostada, estiraba los brazos hacia una imaginaria máquina de coser y se daba a la tarea de acomodar los hilos de la overlock que tanto usó en los últimos veinte años. Seguía trabajando sin descanso.

Para evitar el riesgo de caídas, y porque estaba siempre ansiosa de pararse y partir a la casa de los padres, a comprar pan, a buscar las papas para completar el almuerzo, a tomar la micro, tuvimos que encontrar un sistema que la sujetara suave pero firmemente a la cama. Entonces cada mañana, una vez vestida, la atábamos por la cintura para sujetarla al larguero del catre, y allí pasaba el día, sentada. Para entretenerla, le dejaba una banquita con revistas y trapitos, una fuentecita con manzanas cortadas en gajos, y bien apoyada la espalda en almohadas firmes.  Se entretenía hojeando y rompiendo las hojas de las revistas, ordenando, doblando o lanzando trapitos a mi cama que estaba junto a la de ella, y masticando con ahínco su fruta.  Hacía las comidas ahí mismo, tomaba su siesta y antes de acostarse, por la noche, la llevaba al baño para un aseo más completo, siempre tomándola de los antebrazos para hacerla avanzar a pasitos cortos. Cuando quería. Porque si no tenía ganas o pensaba que tenía que ir a casa de sus padres, o algo que hacer en la cocina, le aparecía una fuerza obstinada que me costaba doblegar y que muchas veces me hizo temer que rodáramos las dos por la escalera, ya que ésta estaba de paso hacia el baño.


Por las noches, solía dormitar y conversar en una cantinela susurrada, por horas. De pronto un grito repentino me hacía saltar del sueño a la vigilia sin escalas, para descubrir que, pensando en sus hermanas pequeñas, en un recuerdo pertinaz situado hace mas de setenta años, las prevenía de caer. Entonces, se hizo normal que hablara de las chicas, sus hermanas en la infancia. Mi pequeña Frida, cuando ya no podía cuidar a nadie, no podía dejar de hacerlo en los ensueños de su mente perdida.

1 comentario:

  1. ..mi Fridita....la amaré siempre..y que duros esos días.. gracias por compartir Primita💕

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