Mi mamá siempre tuvo una capacidad de recuperación física y
de cicatrización excepcionales. Luego de las operaciones del año 2015, esto fue
fundamental, ya que rápidamente y sin problemas superó los postoperatorios,
volviendo a sus rutinas. Distinto es hablar de la evolución de su condición
mental, la que en cada episodio quedaba más alterada. Había quedado ya con una
incipiente inclinación hacia el lado derecho en su postura, lo que afectaba
directamente en su equilibrio cuando la incorporaba para ayudarla a caminar
dentro de la casa.
Otro problema era que pudiera descansar por las noches. Con
cada hospitalización era necesario adecuar las dosis de medicamentos para
dormir. Pasaba las noches en vela, hablaba o profería grititos, mantenía largos
monólogos, que la dejaban irritable y reactiva a cualquier ruido o estímulo el
día siguiente. Se asustaba de todo y vivía en un estado de temor que me
preocupaba siempre. Fue necesario entonces subir la medicación para que ambas
pudiéramos descansar adecuadamente, ya que yo también necesitaba estar bien para atenderla.
Una tarde de sol perdido en el otoño, estábamos solas en
casa después de su siesta. La mudé y la llevé despacito de su cama al
sillón para preparar la once. La tomaba firmemente de los antebrazos y ella
avanzaba lento pero seguro, mostrando signos de cansancio antes de sentarse.
Como estaba en un día de especial serenidad, la senté sin contención en el
sillón de manera que podía verla desde la
cocina. Junto al sillón estaba plegada su silla de ruedas. Alcancé a poner el
hervidor cuando miré y no estaba en el lugar en que la dejé y, dando un largo
paso, me asomé para ver que caía a medio metro cerca de la estufa a combustión
lenta. En un grito corrí sobre ella y vi que su frente sobre la ceja derecha
había golpeado en la esquina de la cerámica sobre la que se apoyaba la estufa,
y un hilo delgado y constante de sangre corría hacia su mejilla. Tenía los ojos nublados
y en la semiinconsciencia en la que quedó, se quejaba suavemente, jadeando por
la boca abierta. La vi palidecer en un segundo e imaginé el dolor que podía estar
sintiendo además en la convaleciente cadera. Con mi chaleco delgado presioné su
frente para detener la sangre, mientras mi corazón desbocado empujaba las
lágrimas que saltaban de mis ojos, porque sentí que la perdía y que era mi
culpa por mi falta de cuidado.
Debieron pasar unos diez minutos en este trance y no me
atrevía a soltarla, ya que sentía que mi letanía desesperada llamándola a la
vida no podía detenerse. Entonces llegó el Gringo, mi hijo grande, que había
salido de compras en el auto. Entre mis pedidos de ayuda y la escena que vio al
entrar a la casa, se afanó en levantarnos y llevamos a mi mamita al auto para
partir desesperados a Urgencias. No podía dejar de recriminarme el descuido.
La atendieron de inmediato y le hicieron radiografías en la
cabeza y cadera. No había fractura y su cadera estaba bien. Le pusieron un
punto en la ceja y nos fuimos a la casa. Al recuperarse, el párpado ya no pudo
volver a abrirse en forma normal. En el futuro, la veríamos con un ojo más
cerrado que el otro cuando estaba relajada.
Desde entonces, sentí que yo era la
única responsable por lo que a ella le pasara.
