viernes, 28 de septiembre de 2018

I . No todo es coser y cantar...


Comenzó con una depresión el 2009. Tenía 76 años. Ella era quien paraba la olla familiar con sus costuras,  obras maravillosas salidas de sus manos grandes de alemana y de una delicada elegancia que escondía en alguna parte, tras sus delantales caseros de mujer sencilla.

Yo viajaba cada tanto desde Santiago a regalonear. Recuerdo que esa vuelta fue en Septiembre. Enmudecí al verla en el vano de la puerta. La mujer grande, vasta, de regazo capaz de albergar a todos los nietos a la vez, se estaba consumiendo de prisa. Sus hombros dejaban entrever los huesos sin carne y sus ojos habían perdido la luz que tan bien nos hacía desde chicos. Su estatura parecía haberse reducido en al menos diez centímetros.

En ese tiempo yo había recibido la maestría de Reiki y, desesperada por ayudar, le pregunté si quería vivir o no. Ella se tomó su tiempo antes de responder y en esos dos minutos de espera, sentí que todo estaba mal. Finalmente, casi en un susurro, como decía ella las cosas importantes, dijo "Sí".

La senté en una silla en mi antiguo dormitorio, con vista a un cerro con árboles y verdes, el Cerro Calvario en Puerto Varas. Le hice una corta sesión de veinte minutos para comenzar. Dándole las últimas pinceladas de energía, me di cuenta de que ella no estaba allí. Con los ojos cerrados y una sonrisa apenas dibujada en su pequeña carita, estaba la Frida en una dimensión en que yo no podía alcanzarla. Esperé por diez minutos, con temor a tocarla, a despertarla de ese viaje. Cuando volvió, la luz estaba otra vez en sus ojos y suavemente dijo: "Oooohh… qué libertad más grandeee…" La abracé con todo el amor que acumulé hasta ese momento de mi vida y nos fuimos a almorzar.


En mi siguiente viaje , constaté cómo su cuerpecito iba adelgazando al compás de su falta de apetito. Un par de años antes, se quejaba de que ya no sentía olores ni sabores. Lo recordé ahora que ya nada le apetecía. Se sentaba en la mesa con la mirada perdida y olvidaba llevarse la cuchara a la boca. Ya no terminaba el plato por pequeña que fuera la porción. Decidí entonces dejar mi vida en Santiago y volver a vivir a Puerto Varas después de quince años, para acompañarla hasta su último suspiro.

En los dos años siguientes, deambulé por las casas de mis hijas y volví a las aulas, aunque me había prometido a mí misma que nunca lo haría. Pero necesitaba el sustento y a mis años no era fácil encontrar trabajo en otra área que no fuera la Educación, mi profesión. Esto me permitía visitarla a diario y acompañarla en sus labores.

Un día llegué después de mi jornada y la encontré sentada ante la mesa del comedor con las manos en la cabeza y en actitud de desespero. Diez metros de visillo para cortinas yacían arrebolados formando un blanco y confuso monte sobre la mesa. Me miró al entrar como si fuera un ángel caído del cielo, y me dijo con lágrimas en los ojos: "Es que mido y mido y se me olvida todo."

De los pequeños olvidos cotidianos, que a todos nos aquejan, la enfermedad estaba comenzando a causarle problemas para trabajar. Una lucha diaria en la que mi mamita mostraba su resistencia, su resiliencia, ante esta enfermedad devastadora.

Le pedimos, mi hermano (que entonces había llegado a vivir con mis padres) y yo, que no recibiera más costuras, pero esto también lo olvidaba. Tanto por la enfermedad, como por la delicadeza con sus clientas, no resistía un ruego. Señora Frida… usted es la única que me hace la ropa como a mí me gusta. También ella las adoraba. Más que la señora que cose, a veces era el paño de lágrimas, la sicóloga de la vida que les hacía ver la luz al final del túnel, la mamá ausente.

El último trabajo que recibió fue de un centro de eventos: treinta manteles y ciento veinte servilletas. Yo corría del trabajo a su casa para cortar, coser y planchar este pedido de pesadilla. Ella con suerte pudo planchar un par de servilletas. Me faltaron sesenta servilletas por terminar, las que en algún momento el dueño del centro de eventos, don Héctor*, pasaría a retirar. Este compromiso incumplido se instaló en su mente como un fantasma que la persiguió por cuatro años. Pasaba con la bolsa de servilletas de su taller al comedor, las contaba y las volvía a guardar. Cada vez las dejaba en distinto lugar y cuando por fin hubo que entregarlas, tres años más tarde, revolví la casa entera buscando la bolsita en la que sólo habían veintisiete servilletas.

Ya postrada y en el lejano mundo de su niñez, volvía como en sueños, a veces sobresaltada y queriendo levantarse para entregar las servilletas, o con angustia me daba instrucciones para entregarlas a don Héctor.

*El nombre es ficticio para este relato.

4 comentarios:

  1. ...la veo,su mirada azul profunda , pérdida y a ratos conectada...lo describes con las palabras precisas y perfectas,esto sera una luz para muchos que vivien lo mismo,ayudara a entender, a renunciar con amor...algo que no todos creemos que somos capaces de hacer por nuestra madre o padre...

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  2. Respuestas
    1. No me aparece el nombre de usuario en los dos últimos comentarios. Por favor... quienes son?

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