lunes, 8 de octubre de 2018

II . Frida mía, ¿Adónde vas?


El año 2011 terminé abruptamente mi año escolar, trabajando en un colegio privado. Renuncié antes de Navidad, para dedicar más tiempo a acompañar a mi viejita. No tenía nada en cartera, pero pasado el fin de semana recibí la oferta de mi ex jefe en Santiago para hacer una auditoría en uno o dos meses, a partir de enero.

Le conté con mucho tacto a la Fridita, porque uno de sus fantasmas era que yo me volviera a vivir a Santiago. A esas alturas ya habíamos desarrollado una simbiosis importante: ninguna de las dos estábamos tranquilas en ausencia de la otra. La preparé lo mejor que pude y partí el primero de enero del 2012, para estar el día dos ya trabajando. La paga era muy buena y me ayudaría a resolver algunos problemas. La llamaba por teléfono todos los días y ella me decía todos los días: “Yo sé que te van a engatusar para que te quedes… “ No había cómo convencerla de lo contrario.

A mediados de mes, justo el día quince, me llamó mi hermano. Hacía un par de días que la mami se había caído del banquito que usaba para coser. A pesar de que debe haber estado muy mal, estaba trabajando en sus costuras, cuando llegó una cliente antigua que la quería mucho (los ángeles existen) y la encontró tan perdida y pálida, que la subió a su auto y la llevó a ver a su médico geriatra. Encontraron su presión muy alta y ordenaron un scanner. Obviamente que necesitábamos hacerlo urgente y no podíamos esperar los tiempos de la salud pública. Mi jefe no se demoró nada en adelantarme lo suficiente como para pagar el examen y lo que hiciera falta. Mi hermano subió y bajó con ella para seguir las instrucciones del médico. El scanner arrojó el hallazgo de que mi mamá había sufrido un microinfarto cerebral que afectó a su equilibrio.

Dividida entre la necesidad de partir a cuidarla o seguir produciendo, decidí quedarme ese mes completo y finalizar la auditoría desde Puerto Varas el tiempo que fuera necesario. Esa sería la primera decisión difícil que tuve que tomar a partir de la enfermedad de mi madre. Ella necesitaba de una persona que la cuidara a tiempo completo. Yo necesitaba tener las lucas para mi mantención, la de Santiago (mi conchito) y para suplir lo que ella ya no producía.

Dos meses más tarde la llevé al neurólogo para su control, en donde la dieron de alta. Sin embargo, el doctor me advirtió que si ya había tenido accidente vascular, podría tener más eventos de ese tipo a partir de ahora. Imperceptibles o terminales.


El resto del año estuvo, dentro de todo, bastante estable, pero su capacidad de concentrarse, de tomar pequeñas decisiones, su autocuidado, iban sufriendo cambios evidentes para mi hermano y para mí. Se cansaba con facilidad, iba perdiendo el apetito, y en varias ocasiones perdió pié en la escalera de la casa, rodando y golpeándose la cabecita y los huesitos. De milagro no pasó más que el susto. Seguía trabajando en un ritmo lento y constante, pesado, pero no podía parar de coser. Seguía cocinando y haciendo maravillas con los pocos pesos que juntaba, y una vez al mes salíamos al campo, cerca de Los Muermos, para visitar a su hermana menor, Martha, salida que la vitalizaba y se transformaba en una chica feliz.

Mi papá, de la misma edad que ella, en su proceso de una demencia senil que silenciosamente iba avanzando, no alcanzaba a comprender que su mujer había iniciado un camino al olvido. Para él, eran mañas, flojera, y no comprendía que la Frida se iba alejando cada día ante nuestros ojos. Comenzaron sus problemas para dormir y tuvimos que recurrir al primer paso de los medicamentos que lograran que durmiera tranquila y sin deambular por la noche buscando costuras que ya había terminado y entregado, o que evitara sus largas conversaciones nocturnas con alguien que no estaba presente. La instalación de este tratamiento, en que hubo que hacer varios ajustes, la hizo mi hermano. El primer tiempo, entre ensayo y error, no lográbamos dar con la dosis precisa que le hiciera efecto. Su cerebro reaccionaba sin la lógica de los libros. Luego de dos meses, y observando su respuesta, logramos dar con la hora y la combinación que le permitía descansar a ella y a sus convivientes: mi hermano y mi padre. 

Así tomamos por primera vez, sus hijos, el tratamiento en nuestras manos. Así volví a trabajar, esta vez en una escuela del sector rural,  y la visitaba una que otra tarde y los fines de semana.

Los médicos que la controlaban por una hipertensión crónica, comenzaron a notar, entre cita y cita en el consultorio, que los  rangos estaban más cerca de la presión arterial baja, asociándolo a un efecto colateral de los multiinfartos cerebrales, imperceptibles, y le retiraron el medicamento para la presión.


  
Y entramos al año 2013.

2 comentarios:

  1. Que fuerte recordar todos los detalles que hicieron que nuestra Quitita, poquito a poquito, fuera partiendo a un viaje sin retorno...aun así el amor y ternura en su mirada nos conocía en el fondo...era el lenguaje del amor...

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