Pasó el verano y llegó marzo.
Teléfono a las diez de la mañana: Manita,
¿puedes venir? La mami está rara. Se
despertó y no sabe dónde está. No reconoció al papi (¿Y usted quién es caballero?).
En mi estómago se comenzó a
abrir un hueco que profundizaría con el tiempo. No sé cómo manejé hasta la casa
de mis padres. La encontré vestida y sentada al borde de la cama con expresión
ausente. Nos subimos al auto con rumbo al hospital Base antiguo, en Puerto
Montt. Ella sólo miraba al frente, sin hablar. Yo hablaba por ella, intentando
mantener un tono liviano e intrascendente, comentando el paisaje, el clima,
posando mi mano sobre su mano, desesperada por transmitirle una tranquilidad
que yo estaba lejos de sentir.
La espera fue la más larga
que tuvimos que soportar, comparada con las que vendrían después. Luego de dos
horas de silencio de ella y de nervios contenidos míos, la llamaron para
controlar signos vitales y llamaron de inmediato al neurólogo. Llegaron dos. Le
hicieron pequeños tests (cómo te llamas, donde vives, qué día es hoy, cuándo es
tu cumpleaños, escucha y repite: árbol, casa, avión, etc.) y mi cabeza
enmarañada respondía por ella, horrorizada porque mi Frida no halló todas las
respuestas, no pudo repetir lo que escuchó un segundo atrás, asustada… perdida…
Ordenaron un scanner y
estuvimos pegadas, deambulando, la Frida en una silla de ruedas, entre pasillos y camillas. En esas esperas,
coincidimos con otros pacientes, entre los que había una conocida de la
familia, quien se acercó para saludar e inquirir detalles de su salud,
mientras mi madrecita la miraba sin conocer, no contestaba y no era capaz de
entablar una conversación coloquial, en lo que antes fue una cálida y sensible
experta. A pesar de que el día era soleado, sus pies estaban fríos dentro de
los zapatos delgados. Salí a comprar un té para dos y en un kiosco en que
había un cuantohay para hospitalizados, había un último par de calcetines
chinos, de nylon con corazones rojos sobre un rosado fuerte. Muy baratos. Volví
con el té y le puse los calcetines. Sus ojitos me miraron con agradecimiento y
amor. Luego, cerró los ojos sonriendo en señal de agrado y satisfacción. Se tomó el tecito a
sorbos pequeños y delicados.
Finalmente, llegaron los resultados del Scanner, después
de 7 horas desde que pusimos pie en Urgencia. Los dos neurólogos no conseguían
ponerse de acuerdo: Alzheimer o deterioro cognitivo por Accidentes Isquémicos a
repetición. Argumentaban sus posturas frente a nuestras narices. Con la mejor
intención del mundo. Con la misma que se acercó a mí uno de ellos y me dijo: " Para el caso, es lo mismo." Me miró a los ojos, tomó mi cabeza entre sus manos,
delicadas y cálidas (oh… qué consuelo…) y me besó con suavidad en la
frente. Mucha fuerza, hija, me dijo. Muchas veces recordé ese episodio en
los años venideros.
Pasaron así los meses, y en
mis visitas entre el trabajo y mi casa, llegaba a ver a mis padres. Los
encontraba sentados en sus respectivos sillones, a la media luz del atardecer en
silencio, o viendo algún programa en la televisión. Al acercarme a la alfombra,
la veía flotar sobre el agua que inundaba el living-comedor desde la cocina.
Una pequeña montaña de platos apilados por lavar en el lavaplatos, con el tapón puesto y la llave
abierta. O sentía el olor dulzón y característico del gas, desde la cocina con
la perilla abierta y la llama apagada. Siempre llegaba pensando en qué terrible
sorpresa me podría encontrar al abrir la puerta. Pero sobrevivía cada uno en su
mundo a los peligros domésticos, gracias a quién sabe qué espíritu hogareño que
vagaba por ahí. Y gracias a mi hermano y a mí.
Hacia fin de año, tuve que
tomar una licencia médica por depresión. Dormía poco y me preocupaba mucho.
Así, tratamiento en el cuerpo, tenía más tiempo para acompañar a mi madre y
ayudarla en su cada día. Un día fue
al baño, en donde pasó casi media hora. Yo iba cada tanto a ver si estaba bien.
Cuando por fin salió, tenía sus canas inmaculadas con un viso más oscuro hacia
la frente. Me acerqué y la ausculté con la mirada. Olía a caca y ésta estaba en
su pelo y en sus manos. Entendí que su estreñimiento la obligaba a tratar de
sacarse las heces con el dedo.
Desde entonces, comencé a
monitorear sus visitas al baño y ayudarla con estos menesteres, a lo que -
gracias a dios – accedió sin oponer resistencia y para siempre.
Comencé a llegar a las diez de
la mañana, que era la hora en la que ya estaba despierta debido a los
medicamentos de la noche. Llevaba el desayuno a la cama para los dos
viejecitos, la ayudaba a asearse y vestirse, porque ya no podía elegir la ropa
adecuada para el clima o por sentido común. Mientras yo cocinaba o hacía
pequeños trabajos de costura, ella resolvía crucigramas en el diario del día,
miraba revistas, paseaba con bolsitas que contenían costuras antiguas no reclamadas, o retazos de tela que ordenaba meticulosamente y volvía a guardar.
Había días en que no almorzaba, porque
no recordaba llevarse la cuchara a la boca, así es que terminaba dándole yo su
comidita. Luego le servía un cafecito lavado y la llevaba a su sillón
regalón, en donde levantaba las piernas
sobre un taburete hecho con una java plástica de bebidas, forrados
primorosamente por una funda y un cojín hechos por ella en mejores tiempos. La
tapaba con un chalcito de polar y así dormía su siesta, y luego veíamos las novelas de
TVN. Así hasta la once, y vuelta al sillón. En ocasiones salíamos al jardín si
el tiempo lo permitía, caminábamos a la frutería o salíamos a dar una vuelta en
auto al supermercado o a ver el paisaje. Con el tiempo las salidas fueron
limitándose cada vez más.
Una mañana llegué a la hora
de siempre. MI hermano me comentó: Fíjate
en el horno. Allí había una obra de arte “culinario”. Yo había dejado una cebolla, dos zanahorias,
tomate y algunas papas para cocinar al día siguiente. Allí estaban en una
asadera, delicadamente picadas y ordenadas por capas, en un concierto de
colores suculentos, cubiertos bajo una capa uniforme de detergente en polvo.
Ay Frida… te estoy perdiendo.
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