Demencia.
Desde niña, mi sensación ante esta
palabra era de horror. La locura en un tono agresivo y que podría causar daño.
Polo, el hombre vagabundo de ropas deshilachadas, con una pata de palo y un
saco de tela al hombro, pasaba por nuestra calle varias veces a la semana.
Solía echarse contra una cerca para almorzar y desde allí, profería insultos a
los transeúntes y a los niños mirones que hacíamos corro para burlarnos de él,
escondiendo nuestro miedo a ser alcanzados por una piedra o por este hombre que,
a la hora de correr, se transformaba en un potente atleta, cuya extremidad de
palo hacía de palanca para atravesar la distancia en grandes zancadas. Ser
atrapados por él era nuestra pesadilla. Él era un loco. Un demente.
En unos de los controles de mi mamá,
el doctor escribió en su ficha: demencia por Alzheimer. Me referí esa noche a
mi enciclopedia: la web. Hace cuatro años no había tanta información ni páginas
a disposición como hoy para ilustrar mi
ignorancia. Pero pude entender que el
proceso de mi madre era eso: una demencia. Degenerativa, irremisible,
intratable, que la estaba haciendo olvidar qué ropa ponerse, cómo cerrar la
llave del agua, o mi nombre. El olvido, ante eso, era una descripción para la
risa.
Como tenía que hacerse un control neurológico
y la hora médica tardaría unos tres meses en llegar, decidí llevarla a un
neurólogo privado. Elegí una mujer, para que mi viejita se sintiera más en
confianza. Cuando llegamos a la
consulta, la profesional nos recibió con un saludo frío y distante. No dejó que
yo participe en la consulta y aplicó algunos tests, para luego entregar una
hoja a mi mamita, en que certificaba un grado de dependencia leve. Sin
explicaciones, sin consideración a mi rol de cuidadora, sin orientación sobre
lo que venía para Frida y para mí. Sin saber que muchas de las respuestas ya no
correspondían a la realidad.
Pasaban las semanas, y mis sentimientos de protección hacia mi
madre se iban haciendo cada vez mas grandes, urgentes, imprescindibles. Como
madre de cinco hijos y abuela de otros tantos nietos en ese entonces, nunca
tuve una sensación similar. La dinámica de mi yo-madre era al revés: percibí a
mis bebés en una escala desde la
indefensión a la autonomía, con alegría y orgullo. Ahora, el camino era
inverso y solo era cuestión de tiempo para que mi Fridita dejara de ser la
mujer que conocimos, pendiente de todo y de todos, capaz de las más grandes y
silenciosas hazañas de la vida diaria, para darnos sustento, cuidados y amor.
Esta inquietud, la de yo-cuidadora, crecía en mi corazón con temor y
preocupación, y sólo pedía valor y ser capaz de afrontar el desafío como ella
lo haría. Estar a la altura. Y sabía de antemano que eso se llevaría por
delante a mi propia autonomía - en otro sentido – y a mi preciosa libertad
ganada a pulso.
Por ese entonces, mi hija menor,
Mimi, iba a casarse. Los preparativos iban de viento en popa: el vestido, los
planes para la cena, la elección del lugar de la ceremonia y la fiesta, tardes
enteras dedicadas a navegar por la web ante tutoriales de peinado y maquillaje
y un largo etcétera. Un día soleado, organizamos una tarde de chicas para broncearnos
en el patio de la casa de la Mimi. Obviamente, iba a llevar a mi mamá, y
partimos con la ilusión que a ella le hacía cada salida en su auto, mi auto. Como una niña, siempre peleaba la propiedad de
ese cacharro que le permitía llegar a todas partes, solo mirando el paisaje.
Allí estábamos todas, mis hijas, mi
madre y yo, en la terraza, bajo el toldo blanco que luchaba contra el viento de
diciembre. Como el sol estaba muy fuerte, retiré un poco a la Frida hacia la sombra. Las niñas se sacaron la ropa para quedar en bikini y
dejar al sol las partes que los vestidos dejarían al descubierto. Yo, mas
recatada, me dejé puesta la polera. Entre conversa amena y puchos y risas,
café, galletas, de pronto vi a mi mami luchando para sacarse la ropa sin ayuda,
y tomando mis lentes oscuros que estaban sobre la mesa, se acomodó con el puro
sostén a broncearse como las nietas. Su carita, arrebolada por el calor, era
puro disfrute. Nos miramos entre nosotras, y sentí que todas tuvimos el mismo
pensamiento. Mi madre, criada a la antigua, con un marido que no la dejaba usar
pantalones, preocupada siempre de no salir de tono, jamás habría posado en esa
facha si estuviera lúcida. Dentro de su enfermedad, había encontrado espacio
para la libertad. Estaba a sus anchas, feliz como una lombriz.
No pude evitar sonreir con este bello relato mami!!! Fue una hermosa tarde con nuestra viejecita... 😍😍😍
ResponderEliminarSiiii... la veo como si fuera ayer.
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ResponderEliminarjaja linda la Tía Frida! tenía un humor tan rico😁me la imagino ...dentro de la situación debió ser chistoso😊💟💟💟💟
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