Habíamos almorzado recién y venía el momento de
la siesta. La acompañé sosteniendo sus hombros al lento compás de sus pasitos cansados.
Levanté sus pies sobre el taburete regalón y se acomodó con agrado entre los
cojines del sillón. Era un día tranquilo, silencioso, con una suave luz de
primavera tardía. El fuego crepitaba en la combustión lenta junto a nosotras.
Sus ojitos de agüita clara estaban suavemente calmos y observaban mis afanes
con calidez y ternura. No imaginaba yo, entonces, que una revelación que estaba
por ocurrir, tan sentida y tan profunda, desataría un caos en su mente, para
llevarla a un gran peldaño en el avance de la enfermedad.
Me quedó mirando fijamente, mientras me acercaba
a darle un beso en la frente antes de dejarla descansar, cuando de pronto el
hilo suave de su voz salió a encontrarme con una pregunta:
“Y tú, ¿quién eres, que siento que te quiero tanto? ...”
Me acerqué nuevamente, conmovida por la
naturaleza de la pregunta, por la inequívoca expresión del amor a través del
camino del olvido, por la certeza de que el momento había llegado. Se me subió
un sollozo a la garganta y, en un intento por dominar el dolor que este hito me
producía, le respondí:“Soy la Sandra, tu hija...”
De pronto, como una explosión, se incorporó en
el sillón y exclamó:“¡Y cómo es eso! Y... ¿lo sabe
mi mamá?”La angustia
plasmada en su voz me hizo entender que estaba en los primeros años de su
pubertad.
Entonces lloré, como lo haría muchas veces en
los cuatro años que siguieron. Lloré porque sentí que había perdido en ese
momento a mi madre, porque ya no podría alcanzarla en la distancia que nos
imponía su mente enfermita.
Como pude, le expliqué que todo estaba bien...
que sus papás lo sabían y nos querían mucho, a ella y a mí. Pero sus ojos me
decían que había una tempestad en su interior, una preocupación, un miedo tan
profundos, que sería difícil sacarla de allí, a pesar de que guardó silencio e
intentó conciliar el sueño.
Al día siguiente, mucho rato después que yo
llegara y con mucho pudor, volvió a preguntarme sobre el tema. A pesar de las
explicaciones, esta vez sobre su edad real, que no había de qué preocuparse ni
avergonzarse, la inquietud le duró por días. Era definitivamente una
adolescente avergonzada.
La añoranza de sus padres, en especial de su
madre, la llevó a pedirme unas pocas semanas antes, que fuéramos a visitar a su
hermana menor, Martha, la del campo. Esta vez con la intención de visitar la
tumba de sus padres. Coordiné todo con mi Tante, como siempre, para avisar el
día y la hora de nuestra visita, y esta vez también el propósito.
Caminamos por la pendiente de la colina en donde
se encuentra el cementerio de Huautrunes, y ella caminó adelante, sin vacilar,
y se sentó al borde de la losa de cemento. Con su mano grande, delgada ahora,
acarició amorosamente la superficie, sumida en sus pensamientos. Arreglamos la
tumba, sacamos la chimuchina de maleza y flores secas, las que cambiamos por flores frescas, dejando todo limpio y ordenado.
Ella iba de acá para allá afanadamente, esmerándose en la tarea. Finalmente,
volvió a sentarse al borde de la tumba y me llamó despacito. Me dijo con los
ojos teñidos de pena: “Quiero que a mí me entierren acá, junto a mi mamá”.
Días antes, la había encontrado planchando un
traje de color azul cielo, de lino, que usaba en ocasiones formales y que
destacaban el azul-celeste de sus ojos. Una blusa blanca con cuello de macramé,
descansaba primorosamente doblada y tibia en un rincón del planchador. Cuando
me vio en la puerta observando sus movimientos, en su tono solemne, me dijo: “Quiero que me pongas esto cuando yo me muera.” Y me entregó las
prendas, una sobre otra, como un tesoro muy íntimo, mientras mi corazón latía
apurado y mi mente se revolcaba tratando de entender qué ideas tendría ella en
su cabecita. En un momento de cruda cordura, habría vislumbrado su final y se
preparaba para aquello.
....y ahí esta ahora mamita, donde ella quería. Y así me senté al lado de ella, acariciando la camita que tiene ahora, con gana del alma de acostarme a su lado y acurrucarme...en busca de su olor en de rinconcito donde nada me podía pasar...
ResponderEliminarQue rico que lo pudo expresar a tiempo...
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