sábado, 3 de noviembre de 2018

V . El primer Adiós.


Habíamos almorzado recién y venía el momento de la siesta. La acompañé sosteniendo sus hombros al lento compás de sus pasitos cansados. Levanté sus pies sobre el taburete regalón y se acomodó con agrado entre los cojines del sillón. Era un día tranquilo, silencioso, con una suave luz de primavera tardía. El fuego crepitaba en la combustión lenta junto a nosotras. Sus ojitos de agüita clara estaban suavemente calmos y observaban mis afanes con calidez y ternura. No imaginaba yo, entonces, que una revelación que estaba por ocurrir, tan sentida y tan profunda, desataría un caos en su mente, para llevarla a un gran peldaño en el avance de la enfermedad.

Me quedó mirando fijamente, mientras me acercaba a darle un beso en la frente antes de dejarla descansar, cuando de pronto el hilo suave de su voz salió a encontrarme con una pregunta:

Y tú, ¿quién eres, que siento que te quiero tanto? ...

Me acerqué nuevamente, conmovida por la naturaleza de la pregunta, por la inequívoca expresión del amor a través del camino del olvido, por la certeza de que el momento había llegado. Se me subió un sollozo a la garganta y, en un intento por dominar el dolor que este hito me producía, le respondí:Soy la Sandra, tu hija...

De pronto, como una explosión, se incorporó en el sillón y exclamó:¡Y cómo es eso! Y... ¿lo sabe mi mamá?La angustia plasmada en su voz me hizo entender que estaba en los primeros años de su pubertad.

Entonces lloré, como lo haría muchas veces en los cuatro años que siguieron. Lloré porque sentí que había perdido en ese momento a mi madre, porque ya no podría alcanzarla en la distancia que nos imponía su mente enfermita.

Como pude, le expliqué que todo estaba bien... que sus papás lo sabían y nos querían mucho, a ella y a mí. Pero sus ojos me decían que había una tempestad en su interior, una preocupación, un miedo tan profundos, que sería difícil sacarla de allí, a pesar de que guardó silencio e intentó conciliar el sueño.

Al día siguiente, mucho rato después que yo llegara y con mucho pudor, volvió a preguntarme sobre el tema. A pesar de las explicaciones, esta vez sobre su edad real, que no había de qué preocuparse ni avergonzarse, la inquietud le duró por días. Era definitivamente una adolescente avergonzada.

La añoranza de sus padres, en especial de su madre, la llevó a pedirme unas pocas semanas antes, que fuéramos a visitar a su hermana menor, Martha, la del campo. Esta vez con la intención de visitar la tumba de sus padres. Coordiné todo con mi Tante, como siempre, para avisar el día y la hora de nuestra visita, y esta vez también el propósito.

Caminamos por la pendiente de la colina en donde se encuentra el cementerio de Huautrunes, y ella caminó adelante, sin vacilar, y se sentó al borde de la losa de cemento. Con su mano grande, delgada ahora, acarició amorosamente la superficie, sumida en sus pensamientos. Arreglamos la tumba, sacamos la chimuchina de maleza y flores secas, las que cambiamos por flores frescas, dejando todo limpio y ordenado. Ella iba de acá para allá afanadamente, esmerándose en la tarea. Finalmente, volvió a sentarse al borde de la tumba y me llamó despacito. Me dijo con los ojos teñidos de pena: Quiero que a mí me entierren acá, junto a mi mamá.

Días antes, la había encontrado planchando un traje de color azul cielo, de lino, que usaba en ocasiones formales y que destacaban el azul-celeste de sus ojos. Una blusa blanca con cuello de macramé, descansaba primorosamente doblada y tibia en un rincón del planchador. Cuando me vio en la puerta observando sus movimientos, en su tono solemne, me dijo: Quiero que me pongas esto cuando yo me muera.” Y me entregó las prendas, una sobre otra, como un tesoro muy íntimo, mientras mi corazón latía apurado y mi mente se revolcaba tratando de entender qué ideas tendría ella en su cabecita. En un momento de cruda cordura, habría vislumbrado su final y se preparaba para aquello.

2 comentarios:

  1. ....y ahí esta ahora mamita, donde ella quería. Y así me senté al lado de ella, acariciando la camita que tiene ahora, con gana del alma de acostarme a su lado y acurrucarme...en busca de su olor en de rinconcito donde nada me podía pasar...

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