El año 2014, Frida participó en las celebraciones
familiares siempre en silencio, haciendo comentarios muy escuetos y expresando
con una sonrisa triste o un guiño de sus ojitos el sí o el no que
correspondiera a la pregunta que le hacíamos. Sus nietas, mis hijas, la
abrazaban y besaban hasta el cansancio. Mi hermano y yo fuimos los choferes,
chaperones y asistentes todo terreno en sus salidas a visitar las casas de la
familia con ocasión de cumpleaños, bautizos y fiestas varias. Comía poquito y
observaba mucho, casi sin comprender, sentada en su lugar, dominando el entorno con su
cabello blanco, su sonrisa apacible y sus manos casi siempre cruzadas sobre el
regazo.
La mañana de Año Nuevo del 2015, me levanté a
las nueve para ir a acompañarla como siempre y, antes de salir, me llamó mi
hermano. Me contó que la mami fue al baño cerca de las siete de la mañana y
regresando a su cama, se tropezó y tuvo una fea caída, de la que no pudo
incorporarse sola. Él corrió a auxiliarla y le costó moverla porque la
viejecita se quejaba de dolor. Me dispuse a salir de inmediato, imaginando que
sería necesario llevarla a Urgencias.
Subí corriendo las escaleras al llegar y la saludé con un beso. Tenía los ojitos cerrados, pero no dormía. Estoica como siempre, no se quejaba. Levanté las tapas de
la cama para ver dónde se había golpeado y me impactó comprobar que la pierna
izquierda estaba vuelta, rodilla hacia fuera, y el muslo rompía la línea de la
cadera, acusando una fractura desde la articulación. No me imaginaba cómo podía
soportar un dolor así sin pedir ayuda, sin quejarse. Intenté incorporarla, en
mi ignorancia, y gritó por la maniobra y perdió el conocimiento, pálida y fría.
Le grité a mi hermano que pida la ambulancia, mientras me turbaba sin saber qué
hacer para aliviarla. Reuní algunas ropas y anticipando que no volvería pronto
del hospital, guardé útiles de aseo y una muda, mientras llegaron los
camilleros, quienes ayudados por mi hermano la bajaron y partimos los tres
rumbo a Puerto Montt, al nuevo Hospital Base.
Una vez allí, no hubo demora en que la
examinaran y determinaran que era necesario operar. Le dieron calmantes y al
día siguiente entró a Pabellón, muy temprano. Nos dieron la facilidad de verla
en los intervalos entre una dependencia y otra, para acompañarla y bajar su
ansiedad. La Frida estaba como en las fiestas: silenciosa, sin quejarse, con el
rostro teñido con una sonrisa calma y los ojos pendientes de todo y de todos.
Cuando terminó la operación, me llamaron de
inmediato para tomarle la mano en la camilla y salir con ella a Recuperación, en donde abrió los ojos y me dedicó una jubilosa sonrisa,
marcada por la sorpresa. “¡Y tú estabas acá!”, alcancé a entender... No se notaba
que tuviera dolor. Ay mamita... qué fuerte fuiste siempre. La vida te la dio
dura, perdiste a cinco de tus siete hijos, los dolores más grandes que puede
sufrir una madre y tú... siempre de pie, guardando tu dolor para no preocupar a
nadie, para no importunar, sola siempre con tus dolores. ¡Cómo te admiro!
Por la noche, debíamos acompañarla junto a su
cama. Coordinamos con mi hermano, para hacer yo el turno de día y él, el turno
de noche, para lo cual llevaba unas mantas y se acomodaba para dormir en el
ancho alféizar de la ventana del moderno edificio, en la habitación para dos
pacientes de cirugía.
Recibió la visita de toda la familia cercana. Por
un fenómeno producto de la anestesia, o no sé porqué, reconoció a todos, sin
decir nombres, pero con los vínculos perfectamente claros. (Hola... ¿y tu mamá vino?... ¿viniste en
micro o en auto?).
En mi fuero interno, hacía mucho tiempo, años,
deseaba llevarme a mi madre a vivir conmigo. Por el avance de su dependencia,
lo veía como necesario y más aún ahora, refrendado por la caída, sentía que
tenía que tenerla cerca de tiempo completo para cuidarla en esa etapa. Lo hablé
con mi hermano y cuando la dieran de
alta, a los tres días desde la operación, se iría a vivir conmigo. De regreso
entonces, pasamos a saludar a mi padre, para lo cual le pedí que saliera y la
viera en el auto, explicando que tendría que llevarla para convalecer en mi
casa. Mi papá, que cursaba una demencia senil, lo que lo mantenía ajeno a todos
estos avatares, aceptó el cambio de buen grado y así comenzó a visitarnos en compañía
de mi hermano, quien se encargaba de cuidarlo, ver que se alimentara, y
llevarlo a mi casa para almorzar y pasar la tarde con nosotras los domingos.
Al salir de Hospital, nos habían dado una silla
de ruedas y un andador ortopédico o “burrito”. Mi mamita debía
comenzar con su rehabilitación de inmediato, por lo que se supone que éstos serían
de utilidad en su recuperación. La silla de ruedas fue de mucha ayuda, ya que
permitía que pasara gran parte del día cómodamente sentada, llevarla a tomar
sol, dar una vuelta por el barrio, o acercarla en forma segura a la mesa para
las comidas. Sin embargo, fue la primera vez que debí usar contención, ya que
tendía a pararse, inquieta, y no podía sostenerse en pié, lo que aumentaba el
riesgo de otra caída. Elegí una bufanda blanda y ancha para tomarle desde el
abdomen y amarrar desde atrás, de modo que no pudiera incorporarse. Pero, como
los niños, la inquietud no le permitía quedarse en un solo lugar y luchaba con
los pies para avanzar, a pesar del freno en las ruedas, y con sus manos aún
fuertes, tiraba de la bufanda hasta llevar el nudo hacia delante, donde lo
pudiera alcanzar y deshacer. Eso exigía que yo estuviera atenta mientras hacía
los quehaceres, porque en un santiamén lograba su cometido. Vivía en la cuerda
floja.
Sin querer, esa rutina contribuyó a que se
fortalecieran sus músculos y pudiera ponerse de pie con apoyo, ya que el
equilibrio nunca volvió. La llevaba al baño, o del dormitorio al comedor,
apoyándose en mis brazos y yo sosteniéndola de los antebrazos. Sus pasos eran
cortos, pero firmes. Así volví a enseñarle a caminar. Ya lo había hecho
con mis hijos, ahora era el turno de mi madre. En cuanto al andador, nunca
pudimos ocuparlo con ella.
Creo que ésta fue la primera vez que debí
ponerme creativa, adaptarme con ingenio a las necesidades que iban apareciendo
en el camino de la enfermedad de la Fridita. Un ejercicio que iría in crescendo en los meses y años
venideros. Nadie como el cuidador sabe
lo que necesita el enfermo, y cada uno es capaz de dar respuestas adecuadas y
creativas, de acuerdo a las necesidades particulares de cada persona. En el camino,
uno se sorprende a sí mismo... jamás pensaste que ibas a tener que imaginar y
crear un mundo seguro para dar dignidad y calidad de vida a tu ser querido. Como en el matrimonio, el vinculo entre padres e hijos también es "en la salud y en la enfermedad" .



