A fines de enero del 2015, mi madre estaba bastante
recuperada de la cirugía de cadera. Durante la hospitalización había comenzado
a ocupar pañales desechables, a los que se habituó lentamente. Después de darle
el desayuno en la cama, la levantaba, le hacía el aseo completo y la vestía. Entonces
la movía al sofá que flanqueaba su cama, y allí pasaba la mañana doblando
trapitos, jugando con una muñeca, hablando despacito y conversando con alguien
que le contestaba en su mente. Largas conversaciones que la entretenían y, que
si yo osaba interrumpir, me frenaba con un: “Sshhh...
déjame escuchar...” y estiraba el cuello mirando a un punto
indeterminado arriba y frente a ella.
La colación de media mañana era una fruta, generalmente una
manzana que roía con rapidez y deleite. Antes de almorzar la llevaba al baño
para mudarla y luego nos sentábamos a la mesa. En días buenos, aún coordinaba
sus movimientos para llevarse la comida a la boca y mascaba con lentitud, pero
lograba terminar el plato. Después del té de hierbas de la sobremesa, volvíamos
a su camita para la siesta, y luego la levantaba en su silla de ruedas para
llevarla al comedor, en donde pasábamos la tarde viendo alguna telenovela
nacional, mientras yo tejía y ella conversaba con la protagonista y seguía las
peripecias de la soap opera con un
aire entretenido o ausente, dependiendo de su
estado de ánimo. Solía ocuparse sacándose la chomba y envolviéndose en el chal
que le ponía en las piernecitas para que no sienta frío, o con la toallita de
manos que dejaba a su alcance para distraerla. Siempre fue una gran aficionada
a los crucigramas, entonces seguíamos comprando el diario y le pasaba un lápiz,
y ella – concentrada – llenaba las casillas con huevitos temblorosos e iguales,
rellenando pulcramente hasta donde le daba la paciencia o el ánimo.
A la hora de once necesitaba más ayuda, el cansancio de la
actividad del día se le notaba. Entonces la llevaba al baño, en donde se empezó
a notar más la falta de motilidad intestinal. Después del lavado de dientes le
ponía el piyama y la acostaba. Se comía
la última fruta o un yogurt, tomaba los medicamentos para dormir, le hacía
masajes en las piernas y pies. Siguiendo su rutina de años, le ponía su crema
de bebés en la carita, lo que ella reconocía con un sentido“gracias”, y así
terminaba su día.
A principios de febrero de ese año, recibimos la visita de
una prima-hermana, más hermana que prima, y su marido. Con la sensibilidad y
cariño que le tenían, me ayudaron a acompañarla y atenderla.
Un día en que amaneció más decaída, no la levanté. Hice
todas las rutinas en la cama, estaba aletargada, más de lo normal, y Germán*,
que había tenido experiencia en el cuidado de adultos mayores en Suecia, la
revisó y me comentó que mostraba signos de deshidratación. Para mí, era un
escenario nuevo. Al acercarme a cambiarle el pañal, me di cuenta de que su
temperatura en la guatita, algo que había aprendido a percibir con mis hijos
cuando eran pequeños, estaba más alta que lo normal, por lo que decidimos
llevarla a Urgencia.
Al referir nuestras observaciones y el hecho de que estaba
con un estreñimiento importante, que ni el lavado intestinal lograban
movilizar, comenzaron los estudios y exámenes. La hospitalizaron, y – al igual
que en enero - debimos turnarnos mi hermano y yo, para acompañarla y cuidarla
de día y de noche. Al día siguiente, tuvimos la ecografía para refrendar los
rayos X, que indicaban que la Frida tenía una obstrucción en el colédoco (el conducto que lleva la
bilis desde el hígado hasta el intestino delgado para favorecer la digestión y
absorción de grasas). Esto podía estar generando la impactación fecal que la
mantenía estreñida constantemente, además de la falta de ejercicio por su
condición, y su deterioro cognitivo que había avanzado aún más rápido desde la
última hospitalización.
Ese mismo día le aplicaron un lavado intestinal en dos
ocasiones, hasta que por fin se limpió el intestino de la Fridita, para estar
lista para una cirugía a la mañana siguiente.
Le practicaron una coledocotomía laparoscópica, en la que
liberaron la obstrucción y encontraron que la vesícula contenía un gran cálculo biliar que no se arriesgaron a remover, indicándonos que podría ser una
bomba de tiempo o que podría continuar sin problemas por años.
Como el procedimiento fue menor que lo que habría sido una
cirugía abierta, mi mami se recuperó sin problemas, regresando a la casa sin
complicaciones al tercer día.
Sin complicaciones es un decir... La Frida, que en dos meses
había tenido dos hospitalizaciones, se había sumido en una nebulosa que la
alejaba cada vez más de nuestra realidad, llevándola a su propio mundo que a
veces tenía dolorosos fantasmas y, otras, exquisitos recuerdos de
infancia. Pero había algo que, noté, le hacía muy bien: cuando la arreglaba
para salir reconocía, por alguna misteriosa causa, que salía hermosa y
perfumada, vestida con mis ropas, con un poco de maquillaje, con sus sombreros
lindos y, sonriendo a medias, hacía ademanes con las manos sobre sus canas
nobles con recatada coquetería que conmovía hasta la pepa de mi alma... allí, en
alguna parte, todavía estaba mi mamita, mi Frida, la de antes.
* El nombre es ficticio para efectos de este
relato.



