sábado, 24 de noviembre de 2018
domingo, 18 de noviembre de 2018
VII . La de Antes.
A fines de enero del 2015, mi madre estaba bastante
recuperada de la cirugía de cadera. Durante la hospitalización había comenzado
a ocupar pañales desechables, a los que se habituó lentamente. Después de darle
el desayuno en la cama, la levantaba, le hacía el aseo completo y la vestía. Entonces
la movía al sofá que flanqueaba su cama, y allí pasaba la mañana doblando
trapitos, jugando con una muñeca, hablando despacito y conversando con alguien
que le contestaba en su mente. Largas conversaciones que la entretenían y, que
si yo osaba interrumpir, me frenaba con un: “Sshhh...
déjame escuchar...” y estiraba el cuello mirando a un punto
indeterminado arriba y frente a ella.
La colación de media mañana era una fruta, generalmente una
manzana que roía con rapidez y deleite. Antes de almorzar la llevaba al baño
para mudarla y luego nos sentábamos a la mesa. En días buenos, aún coordinaba
sus movimientos para llevarse la comida a la boca y mascaba con lentitud, pero
lograba terminar el plato. Después del té de hierbas de la sobremesa, volvíamos
a su camita para la siesta, y luego la levantaba en su silla de ruedas para
llevarla al comedor, en donde pasábamos la tarde viendo alguna telenovela
nacional, mientras yo tejía y ella conversaba con la protagonista y seguía las
peripecias de la soap opera con un
aire entretenido o ausente, dependiendo de su
estado de ánimo. Solía ocuparse sacándose la chomba y envolviéndose en el chal
que le ponía en las piernecitas para que no sienta frío, o con la toallita de
manos que dejaba a su alcance para distraerla. Siempre fue una gran aficionada
a los crucigramas, entonces seguíamos comprando el diario y le pasaba un lápiz,
y ella – concentrada – llenaba las casillas con huevitos temblorosos e iguales,
rellenando pulcramente hasta donde le daba la paciencia o el ánimo.
A la hora de once necesitaba más ayuda, el cansancio de la
actividad del día se le notaba. Entonces la llevaba al baño, en donde se empezó
a notar más la falta de motilidad intestinal. Después del lavado de dientes le
ponía el piyama y la acostaba. Se comía
la última fruta o un yogurt, tomaba los medicamentos para dormir, le hacía
masajes en las piernas y pies. Siguiendo su rutina de años, le ponía su crema
de bebés en la carita, lo que ella reconocía con un sentido“gracias”, y así
terminaba su día.
A principios de febrero de ese año, recibimos la visita de
una prima-hermana, más hermana que prima, y su marido. Con la sensibilidad y
cariño que le tenían, me ayudaron a acompañarla y atenderla.
Un día en que amaneció más decaída, no la levanté. Hice
todas las rutinas en la cama, estaba aletargada, más de lo normal, y Germán*,
que había tenido experiencia en el cuidado de adultos mayores en Suecia, la
revisó y me comentó que mostraba signos de deshidratación. Para mí, era un
escenario nuevo. Al acercarme a cambiarle el pañal, me di cuenta de que su
temperatura en la guatita, algo que había aprendido a percibir con mis hijos
cuando eran pequeños, estaba más alta que lo normal, por lo que decidimos
llevarla a Urgencia.
Al referir nuestras observaciones y el hecho de que estaba
con un estreñimiento importante, que ni el lavado intestinal lograban
movilizar, comenzaron los estudios y exámenes. La hospitalizaron, y – al igual
que en enero - debimos turnarnos mi hermano y yo, para acompañarla y cuidarla
de día y de noche. Al día siguiente, tuvimos la ecografía para refrendar los
rayos X, que indicaban que la Frida tenía una obstrucción en el colédoco (el conducto que lleva la
bilis desde el hígado hasta el intestino delgado para favorecer la digestión y
absorción de grasas). Esto podía estar generando la impactación fecal que la
mantenía estreñida constantemente, además de la falta de ejercicio por su
condición, y su deterioro cognitivo que había avanzado aún más rápido desde la
última hospitalización.
Ese mismo día le aplicaron un lavado intestinal en dos
ocasiones, hasta que por fin se limpió el intestino de la Fridita, para estar
lista para una cirugía a la mañana siguiente.
Le practicaron una coledocotomía laparoscópica, en la que
liberaron la obstrucción y encontraron que la vesícula contenía un gran cálculo biliar que no se arriesgaron a remover, indicándonos que podría ser una
bomba de tiempo o que podría continuar sin problemas por años.
Como el procedimiento fue menor que lo que habría sido una
cirugía abierta, mi mami se recuperó sin problemas, regresando a la casa sin
complicaciones al tercer día.
Sin complicaciones es un decir... La Frida, que en dos meses
había tenido dos hospitalizaciones, se había sumido en una nebulosa que la
alejaba cada vez más de nuestra realidad, llevándola a su propio mundo que a
veces tenía dolorosos fantasmas y, otras, exquisitos recuerdos de
infancia. Pero había algo que, noté, le hacía muy bien: cuando la arreglaba
para salir reconocía, por alguna misteriosa causa, que salía hermosa y
perfumada, vestida con mis ropas, con un poco de maquillaje, con sus sombreros
lindos y, sonriendo a medias, hacía ademanes con las manos sobre sus canas
nobles con recatada coquetería que conmovía hasta la pepa de mi alma... allí, en
alguna parte, todavía estaba mi mamita, mi Frida, la de antes.
* El nombre es ficticio para efectos de este
relato.
domingo, 11 de noviembre de 2018
VI . En la Salud y en la Enfermedad.
El año 2014, Frida participó en las celebraciones
familiares siempre en silencio, haciendo comentarios muy escuetos y expresando
con una sonrisa triste o un guiño de sus ojitos el sí o el no que
correspondiera a la pregunta que le hacíamos. Sus nietas, mis hijas, la
abrazaban y besaban hasta el cansancio. Mi hermano y yo fuimos los choferes,
chaperones y asistentes todo terreno en sus salidas a visitar las casas de la
familia con ocasión de cumpleaños, bautizos y fiestas varias. Comía poquito y
observaba mucho, casi sin comprender, sentada en su lugar, dominando el entorno con su
cabello blanco, su sonrisa apacible y sus manos casi siempre cruzadas sobre el
regazo.
La mañana de Año Nuevo del 2015, me levanté a
las nueve para ir a acompañarla como siempre y, antes de salir, me llamó mi
hermano. Me contó que la mami fue al baño cerca de las siete de la mañana y
regresando a su cama, se tropezó y tuvo una fea caída, de la que no pudo
incorporarse sola. Él corrió a auxiliarla y le costó moverla porque la
viejecita se quejaba de dolor. Me dispuse a salir de inmediato, imaginando que
sería necesario llevarla a Urgencias.
Subí corriendo las escaleras al llegar y la saludé con un beso. Tenía los ojitos cerrados, pero no dormía. Estoica como siempre, no se quejaba. Levanté las tapas de
la cama para ver dónde se había golpeado y me impactó comprobar que la pierna
izquierda estaba vuelta, rodilla hacia fuera, y el muslo rompía la línea de la
cadera, acusando una fractura desde la articulación. No me imaginaba cómo podía
soportar un dolor así sin pedir ayuda, sin quejarse. Intenté incorporarla, en
mi ignorancia, y gritó por la maniobra y perdió el conocimiento, pálida y fría.
Le grité a mi hermano que pida la ambulancia, mientras me turbaba sin saber qué
hacer para aliviarla. Reuní algunas ropas y anticipando que no volvería pronto
del hospital, guardé útiles de aseo y una muda, mientras llegaron los
camilleros, quienes ayudados por mi hermano la bajaron y partimos los tres
rumbo a Puerto Montt, al nuevo Hospital Base.
Una vez allí, no hubo demora en que la
examinaran y determinaran que era necesario operar. Le dieron calmantes y al
día siguiente entró a Pabellón, muy temprano. Nos dieron la facilidad de verla
en los intervalos entre una dependencia y otra, para acompañarla y bajar su
ansiedad. La Frida estaba como en las fiestas: silenciosa, sin quejarse, con el
rostro teñido con una sonrisa calma y los ojos pendientes de todo y de todos.
Cuando terminó la operación, me llamaron de
inmediato para tomarle la mano en la camilla y salir con ella a Recuperación, en donde abrió los ojos y me dedicó una jubilosa sonrisa,
marcada por la sorpresa. “¡Y tú estabas acá!”, alcancé a entender... No se notaba
que tuviera dolor. Ay mamita... qué fuerte fuiste siempre. La vida te la dio
dura, perdiste a cinco de tus siete hijos, los dolores más grandes que puede
sufrir una madre y tú... siempre de pie, guardando tu dolor para no preocupar a
nadie, para no importunar, sola siempre con tus dolores. ¡Cómo te admiro!
Por la noche, debíamos acompañarla junto a su
cama. Coordinamos con mi hermano, para hacer yo el turno de día y él, el turno
de noche, para lo cual llevaba unas mantas y se acomodaba para dormir en el
ancho alféizar de la ventana del moderno edificio, en la habitación para dos
pacientes de cirugía.
Recibió la visita de toda la familia cercana. Por
un fenómeno producto de la anestesia, o no sé porqué, reconoció a todos, sin
decir nombres, pero con los vínculos perfectamente claros. (Hola... ¿y tu mamá vino?... ¿viniste en
micro o en auto?).
En mi fuero interno, hacía mucho tiempo, años,
deseaba llevarme a mi madre a vivir conmigo. Por el avance de su dependencia,
lo veía como necesario y más aún ahora, refrendado por la caída, sentía que
tenía que tenerla cerca de tiempo completo para cuidarla en esa etapa. Lo hablé
con mi hermano y cuando la dieran de
alta, a los tres días desde la operación, se iría a vivir conmigo. De regreso
entonces, pasamos a saludar a mi padre, para lo cual le pedí que saliera y la
viera en el auto, explicando que tendría que llevarla para convalecer en mi
casa. Mi papá, que cursaba una demencia senil, lo que lo mantenía ajeno a todos
estos avatares, aceptó el cambio de buen grado y así comenzó a visitarnos en compañía
de mi hermano, quien se encargaba de cuidarlo, ver que se alimentara, y
llevarlo a mi casa para almorzar y pasar la tarde con nosotras los domingos.
Al salir de Hospital, nos habían dado una silla
de ruedas y un andador ortopédico o “burrito”. Mi mamita debía
comenzar con su rehabilitación de inmediato, por lo que se supone que éstos serían
de utilidad en su recuperación. La silla de ruedas fue de mucha ayuda, ya que
permitía que pasara gran parte del día cómodamente sentada, llevarla a tomar
sol, dar una vuelta por el barrio, o acercarla en forma segura a la mesa para
las comidas. Sin embargo, fue la primera vez que debí usar contención, ya que
tendía a pararse, inquieta, y no podía sostenerse en pié, lo que aumentaba el
riesgo de otra caída. Elegí una bufanda blanda y ancha para tomarle desde el
abdomen y amarrar desde atrás, de modo que no pudiera incorporarse. Pero, como
los niños, la inquietud no le permitía quedarse en un solo lugar y luchaba con
los pies para avanzar, a pesar del freno en las ruedas, y con sus manos aún
fuertes, tiraba de la bufanda hasta llevar el nudo hacia delante, donde lo
pudiera alcanzar y deshacer. Eso exigía que yo estuviera atenta mientras hacía
los quehaceres, porque en un santiamén lograba su cometido. Vivía en la cuerda
floja.
Sin querer, esa rutina contribuyó a que se
fortalecieran sus músculos y pudiera ponerse de pie con apoyo, ya que el
equilibrio nunca volvió. La llevaba al baño, o del dormitorio al comedor,
apoyándose en mis brazos y yo sosteniéndola de los antebrazos. Sus pasos eran
cortos, pero firmes. Así volví a enseñarle a caminar. Ya lo había hecho
con mis hijos, ahora era el turno de mi madre. En cuanto al andador, nunca
pudimos ocuparlo con ella.
Creo que ésta fue la primera vez que debí
ponerme creativa, adaptarme con ingenio a las necesidades que iban apareciendo
en el camino de la enfermedad de la Fridita. Un ejercicio que iría in crescendo en los meses y años
venideros. Nadie como el cuidador sabe
lo que necesita el enfermo, y cada uno es capaz de dar respuestas adecuadas y
creativas, de acuerdo a las necesidades particulares de cada persona. En el camino,
uno se sorprende a sí mismo... jamás pensaste que ibas a tener que imaginar y
crear un mundo seguro para dar dignidad y calidad de vida a tu ser querido. Como en el matrimonio, el vinculo entre padres e hijos también es "en la salud y en la enfermedad" .
sábado, 3 de noviembre de 2018
V . El primer Adiós.
Habíamos almorzado recién y venía el momento de
la siesta. La acompañé sosteniendo sus hombros al lento compás de sus pasitos cansados.
Levanté sus pies sobre el taburete regalón y se acomodó con agrado entre los
cojines del sillón. Era un día tranquilo, silencioso, con una suave luz de
primavera tardía. El fuego crepitaba en la combustión lenta junto a nosotras.
Sus ojitos de agüita clara estaban suavemente calmos y observaban mis afanes
con calidez y ternura. No imaginaba yo, entonces, que una revelación que estaba
por ocurrir, tan sentida y tan profunda, desataría un caos en su mente, para
llevarla a un gran peldaño en el avance de la enfermedad.
Me quedó mirando fijamente, mientras me acercaba
a darle un beso en la frente antes de dejarla descansar, cuando de pronto el
hilo suave de su voz salió a encontrarme con una pregunta:
“Y tú, ¿quién eres, que siento que te quiero tanto? ...”
Me acerqué nuevamente, conmovida por la
naturaleza de la pregunta, por la inequívoca expresión del amor a través del
camino del olvido, por la certeza de que el momento había llegado. Se me subió
un sollozo a la garganta y, en un intento por dominar el dolor que este hito me
producía, le respondí:“Soy la Sandra, tu hija...”
De pronto, como una explosión, se incorporó en
el sillón y exclamó:“¡Y cómo es eso! Y... ¿lo sabe
mi mamá?”La angustia
plasmada en su voz me hizo entender que estaba en los primeros años de su
pubertad.
Entonces lloré, como lo haría muchas veces en
los cuatro años que siguieron. Lloré porque sentí que había perdido en ese
momento a mi madre, porque ya no podría alcanzarla en la distancia que nos
imponía su mente enfermita.
Como pude, le expliqué que todo estaba bien...
que sus papás lo sabían y nos querían mucho, a ella y a mí. Pero sus ojos me
decían que había una tempestad en su interior, una preocupación, un miedo tan
profundos, que sería difícil sacarla de allí, a pesar de que guardó silencio e
intentó conciliar el sueño.
Al día siguiente, mucho rato después que yo
llegara y con mucho pudor, volvió a preguntarme sobre el tema. A pesar de las
explicaciones, esta vez sobre su edad real, que no había de qué preocuparse ni
avergonzarse, la inquietud le duró por días. Era definitivamente una
adolescente avergonzada.
La añoranza de sus padres, en especial de su
madre, la llevó a pedirme unas pocas semanas antes, que fuéramos a visitar a su
hermana menor, Martha, la del campo. Esta vez con la intención de visitar la
tumba de sus padres. Coordiné todo con mi Tante, como siempre, para avisar el
día y la hora de nuestra visita, y esta vez también el propósito.
Caminamos por la pendiente de la colina en donde
se encuentra el cementerio de Huautrunes, y ella caminó adelante, sin vacilar,
y se sentó al borde de la losa de cemento. Con su mano grande, delgada ahora,
acarició amorosamente la superficie, sumida en sus pensamientos. Arreglamos la
tumba, sacamos la chimuchina de maleza y flores secas, las que cambiamos por flores frescas, dejando todo limpio y ordenado.
Ella iba de acá para allá afanadamente, esmerándose en la tarea. Finalmente,
volvió a sentarse al borde de la tumba y me llamó despacito. Me dijo con los
ojos teñidos de pena: “Quiero que a mí me entierren acá, junto a mi mamá”.
Días antes, la había encontrado planchando un
traje de color azul cielo, de lino, que usaba en ocasiones formales y que
destacaban el azul-celeste de sus ojos. Una blusa blanca con cuello de macramé,
descansaba primorosamente doblada y tibia en un rincón del planchador. Cuando
me vio en la puerta observando sus movimientos, en su tono solemne, me dijo: “Quiero que me pongas esto cuando yo me muera.” Y me entregó las
prendas, una sobre otra, como un tesoro muy íntimo, mientras mi corazón latía
apurado y mi mente se revolcaba tratando de entender qué ideas tendría ella en
su cabecita. En un momento de cruda cordura, habría vislumbrado su final y se
preparaba para aquello.
sábado, 27 de octubre de 2018
IV . Feliz, como una lombriz.
Demencia.
Desde niña, mi sensación ante esta
palabra era de horror. La locura en un tono agresivo y que podría causar daño.
Polo, el hombre vagabundo de ropas deshilachadas, con una pata de palo y un
saco de tela al hombro, pasaba por nuestra calle varias veces a la semana.
Solía echarse contra una cerca para almorzar y desde allí, profería insultos a
los transeúntes y a los niños mirones que hacíamos corro para burlarnos de él,
escondiendo nuestro miedo a ser alcanzados por una piedra o por este hombre que,
a la hora de correr, se transformaba en un potente atleta, cuya extremidad de
palo hacía de palanca para atravesar la distancia en grandes zancadas. Ser
atrapados por él era nuestra pesadilla. Él era un loco. Un demente.
En unos de los controles de mi mamá,
el doctor escribió en su ficha: demencia por Alzheimer. Me referí esa noche a
mi enciclopedia: la web. Hace cuatro años no había tanta información ni páginas
a disposición como hoy para ilustrar mi
ignorancia. Pero pude entender que el
proceso de mi madre era eso: una demencia. Degenerativa, irremisible,
intratable, que la estaba haciendo olvidar qué ropa ponerse, cómo cerrar la
llave del agua, o mi nombre. El olvido, ante eso, era una descripción para la
risa.
Como tenía que hacerse un control neurológico
y la hora médica tardaría unos tres meses en llegar, decidí llevarla a un
neurólogo privado. Elegí una mujer, para que mi viejita se sintiera más en
confianza. Cuando llegamos a la
consulta, la profesional nos recibió con un saludo frío y distante. No dejó que
yo participe en la consulta y aplicó algunos tests, para luego entregar una
hoja a mi mamita, en que certificaba un grado de dependencia leve. Sin
explicaciones, sin consideración a mi rol de cuidadora, sin orientación sobre
lo que venía para Frida y para mí. Sin saber que muchas de las respuestas ya no
correspondían a la realidad.
Pasaban las semanas, y mis sentimientos de protección hacia mi
madre se iban haciendo cada vez mas grandes, urgentes, imprescindibles. Como
madre de cinco hijos y abuela de otros tantos nietos en ese entonces, nunca
tuve una sensación similar. La dinámica de mi yo-madre era al revés: percibí a
mis bebés en una escala desde la
indefensión a la autonomía, con alegría y orgullo. Ahora, el camino era
inverso y solo era cuestión de tiempo para que mi Fridita dejara de ser la
mujer que conocimos, pendiente de todo y de todos, capaz de las más grandes y
silenciosas hazañas de la vida diaria, para darnos sustento, cuidados y amor.
Esta inquietud, la de yo-cuidadora, crecía en mi corazón con temor y
preocupación, y sólo pedía valor y ser capaz de afrontar el desafío como ella
lo haría. Estar a la altura. Y sabía de antemano que eso se llevaría por
delante a mi propia autonomía - en otro sentido – y a mi preciosa libertad
ganada a pulso.
Por ese entonces, mi hija menor,
Mimi, iba a casarse. Los preparativos iban de viento en popa: el vestido, los
planes para la cena, la elección del lugar de la ceremonia y la fiesta, tardes
enteras dedicadas a navegar por la web ante tutoriales de peinado y maquillaje
y un largo etcétera. Un día soleado, organizamos una tarde de chicas para broncearnos
en el patio de la casa de la Mimi. Obviamente, iba a llevar a mi mamá, y
partimos con la ilusión que a ella le hacía cada salida en su auto, mi auto. Como una niña, siempre peleaba la propiedad de
ese cacharro que le permitía llegar a todas partes, solo mirando el paisaje.
Allí estábamos todas, mis hijas, mi
madre y yo, en la terraza, bajo el toldo blanco que luchaba contra el viento de
diciembre. Como el sol estaba muy fuerte, retiré un poco a la Frida hacia la sombra. Las niñas se sacaron la ropa para quedar en bikini y
dejar al sol las partes que los vestidos dejarían al descubierto. Yo, mas
recatada, me dejé puesta la polera. Entre conversa amena y puchos y risas,
café, galletas, de pronto vi a mi mami luchando para sacarse la ropa sin ayuda,
y tomando mis lentes oscuros que estaban sobre la mesa, se acomodó con el puro
sostén a broncearse como las nietas. Su carita, arrebolada por el calor, era
puro disfrute. Nos miramos entre nosotras, y sentí que todas tuvimos el mismo
pensamiento. Mi madre, criada a la antigua, con un marido que no la dejaba usar
pantalones, preocupada siempre de no salir de tono, jamás habría posado en esa
facha si estuviera lúcida. Dentro de su enfermedad, había encontrado espacio
para la libertad. Estaba a sus anchas, feliz como una lombriz.
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