Desperté temprano y feliz. Hoy iremos de paseo a la playa. Anoche dejé mi traje de baño listo, mi pelota y mi ropa para que no me reten si me atraso, porque tenemos que tomar un bus temprano para ir.
Mi papá se está poniendo bloqueador solar en la cara y en los brazos, porque el sol no le hace muy bien, se le llena la piel de ronchitas. A mí no me pasa nada, porque en vacaciones juego todo el día afuera, hasta que me llaman a comer.
Mi mamá está guardando muchas cosas ricas en un canasto y en un bolsito, y jugo y agüita para cuando nos dé sed. El papá lleva un bolso con toallas y ropa para abrigarnos en la tarde. Mi hermana chica camina por la casa mirando todo abrazada a su conejo de peluche. Le explico que no puede llevarlo porque se le va a mojar o se le va a llenar de arena. Pero ella no entiende mucho, solo lo abraza con más fuerza y seguro que ni mi mamá se lo podría quitar.
Nos subimos al bus muy acalorados, pero contentos. Nos sentamos en los asientos azules y mi papá me dio el asiento de la ventana, para que pueda ver el paisaje. Y nos fuimos. Casi no podía quedarme sentado, ya me imaginaba jugando en el agua y haciendo castillos de arena, o cabeceando la pelota con mi papi. Pero de tan feliz, me dormí, y me tuvieron que despertar cuando llegamos.
No podía abrir más los ojos para mirar el inmenso mar con sus olas suaves y su arena que no lo deja pasar mas acá. Me saqué las zapatillas y metí los pies en la arena blanquita, pero di un grito porque estaba muy caliente. Mis papás se rieron y mientras mi papá me cargó, mi mamá buscó una toalla en el bolso para que me pisara encima. Mi hermanita, mientras tanto, había dejado su conejo en el suelo y sentada en su mochila se sacaba los zapatitos para ir al agua.
Hice todo lo que había planeado, comimos todo lo que la mamá llevó, y el conejo de mi hermanita llegó mojado y lleno de arena, como yo había advertido. Ya entenderá cuando sea más grande.
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